Confesiones lectoras (I)






Fernando Poblet decía (supongo que para epatar, siempre le gustó eso) que a partir de los 30 años ya no se debería leer narrativa. Pero hace ya tiempo que decidí ignorar las máximas absolutistas, las listas de los más vendidos o las recomendaciones de intelectuales intransigentes que te niegan el saludo si no has leído lo que ellos consideran obras ‘imprescindibles’, llenas de perlas de sabiduría y verdades reveladas.

Eso no quiere decir que en alguna de estas opciones no encuentre lecturas que valgan la pena, pero, vamos, me lo tomo como una indicación más y no como la Biblia del qué leer.

La edad, además de achaques y arrugas, te da la seguridad necesaria para que lo que opinen los demás te importe un bledo, como diría Rhett Butler. Así que ya sólo leo lo que me apetece, aunque no sea lo más vendido del mes, lo imprescindible del año o lo último en vampiros. Sobre todo, los vampiros, historias que me parecen cansinas y aburridas, por lo que la Rice y la Meyer están tachadas de mi lista de compras.

No he leído (ni pienso hacerlo) El niño del pijama de rayas ni El Código da Vinci, simplemente porque no me llaman la atención.. No soporto a Juan Manuel de Prada, a quien considero uno de los (muchos) blufs literarios de este país, y me aburre soberanamente Javier Marías. En cuestión de Revertes, prefiero a Arturo P. en periodismo y a Jorge M. en novela (inolvidable Gálvez). Disfruto con Eduardo Mendoza (Le envidio y le agradezco a partes iguales su Sin noticias de Gurb), Muñoz Molina, con cosas de José Carlos Somoza y César Mallorquí, y empiezo a descubrir (soy lenta, lo sé) a Oscar Esquivias y a Ignacio del Valle.

Acudo a los (para mí) clásicos: releo, por ejemplo, y nunca me canso, a Carmen Martín Gaite, a Jane Austen, a Dolores Medio y a Ray Bradbury. Las distopías me pueden de tristeza y angustia y las disfruto con placer masoquista. Ni sé el millón de veces que habré pasado las páginas de Fahrenheit 451. Y vuelvo siempre a Oscar Wilde, todo él, pero sobre todo, a su producción dramática. (Con él aprendí a bunburyzar con toda desfachatez).
Me gusta leer teatro, a veces, desgraciadamente, más que verlo en directo; eso es lo que han conseguido las malas adaptaciones y los peores actores, pero guardo entre mis mejores recuerdos el montaje de la Historia de un Caballo (Tolstoi) y de Calígula (Camus) con José María Rodero en escena. 

Y ahí están Tennesse Williams, Arthur Millar, Jean Anouilh, Buero Vallejo, Casona, Miura, Gala (el de Anillos para una Dama o La Vieja Señorita del Paraíso), la Ana Diosdado de El Okapi o de Olvida los tambores, el Sartre de Las manos sucias y A puerta cerrada. Y la pobre Eloísa, siempre bajo su almendro. 

Procuro no negarme a nada por prejuicio, aunque hay cosillas altamente alabadas que se me han atragantado: No he podido con Harry Potter, ni con El Señor de los Anillos o la saga de Dune. Y al señor Falcones y su catedral marina lo terminé sólo porque fue un regalo de un buen amigo y esperaba mi opinión (nefasta, por cierto).

Leo de forma caótica y a veces compulsiva, y demasiadas veces elijo esos ejemplares escondidos en algún rincón de la liberaría que visito habitualmente simplemente por un título o por una sinopsis. Así descubrí tesoros que nunca estarán en las listas de best-sellers, como La jugadora de Go, Eres una bestia, Viskovitz, o Así que pasen cinco años

Esta anarquía lectora me permite disfrutar de esos otros mundos que están en éste sin depender de los premios Planeta para llenar mi librería. (Lo que no quita que me gustara ganarlo para llenar mi cuenta corriente, lo admito con sonrojo). Aunque también en los Planeta hay excepciones como En busca del Unicornio, de Eslava Galán, y El Jinete Polaco, de Muñoz Molina.

Y para terminar esta primera confesión de leyente pecadora, otro con quien no he podido es Los Pilares de la tierra, de Ken Follet. Y mira que lo empecé ilusionada, porque se desarrolla en la época de la Edad Media que me apasiona (la Alta Edad Media de Chrétien de Troyes, la poesía juglaresca, los lais de María de Francia y las leyendas de Arturo y Tristán e Iseo), pero no tiene nada que ver con todo eso. Como no tiene nada que ver con nada ese aluvión de novela pseudohistórica que nos ha invadido desde hace unos años a aquí.

Lo que tampoco quita (como en el caso del Planeta) que no estuviera dispuesta a dar un brazo por vender lo que JK Rowling o Ken Follet. Al César lo que es del César. Y a mi envidia, dolor de contrición.

PS. No están todos los que son, pero son todos los que están.

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