La hija del tiempo (Contiene spoilers)





Ricardo III era para mí, supongo que como para la inmensa mayoría, un rey de Inglaterra de la casa de York (dinastía Plantagenet, es decir, descendiente de Enrique II y Leonor de Aquitania), que formó parte del momento histórico marcado por la Guerra de las Dos Rosas. Cruel, ciegamente egoísta y ambicioso, y deformado por una joroba. Pero un día leí la novela policíaca más sorprendente con la que me he topado nunca: La hija del tiempo, de Josephine Tey (seudónimo de Elizabeth Mackintosh), donde el inspector de Scotland Yard Alan Grant, inmovilizado en el hospital a causa de un accidente y aburrido por la obligada inactividad, inicia una investigación sobre Ricardo III, ayudado por biografías y libros de consulta, y la inestimable colaboración de un joven historiador.

Grant encara los hechos documentados que su amigo reúne en el Museo Británico con métodos policiales: sospechosos, móviles, coartadas, reacciones fuera de lugar, personas beneficiadas, etc… Y la conclusión a la que llega es sorprendente: Ricardo no sólo no mató a sus sobrinos, que le preceden en la línea de sucesión a la Corona de Inglaterra, sino que actuó durante toda su vida de un modo leal a su familia y a su hermano mayor, el rey Eduardo IV, y fue magnánimo con sus enemigos, incluso con aquéllos que incurrieron en traición, como fue el caso de otro de sus hermanos, el Duque de Clarence, hasta el punto de nombrar al hijo de éste su propio heredero.








Por no ser, Ricardo podría no haber sido siquiera deforme ni tullido. Y tanto en el caso de sus supuestos crímenes (se le ha llegado a acusar, según algunas versiones, de haber asesinado a dos de sus hermanos, a dos de sus sobrinos y a su propia esposa) como de su contrahecho aspecto físico, todo podría deberse a la interesada y metódica campaña de difamación llevada a cabo por Enrique VII, el primer rey de la dinastía Tudor, quien venció a Ricardo en la batalla de Bosworth (aquélla de ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!), que puso fin a la Guerra de las Dos Rosas.

Una primera biografía escrita por Tomás Moro (basada, posiblemente, en un texto previo del Obispo de Ely, John Morton, enemigo acérrimo de Ricardo III) sentó las bases de su leyenda negra. Moro, que tenía siete años cuando murió Ricardo, fue canciller de Enrique VIII, por lo que siempre estuvo ‘a las órdenes’ de los Tudor, hasta que les plantó cara y eso le costó la cabeza.

En esa biografía se basó William Shakespeare para escribir su famoso drama Ricardo III, responsable de grabar ya para siempre esa imagen negativa en los siglos posteriores. Lo que no quita para que, verídica o no históricamente, la historia de ese rey manipulador, cruel y maquiavélico sea apasionante.

(Del libro)

“Grant dejó a un lado las historias personales y empezó a pensar como un policía. Ya iba siendo hora de ordenar el caso, de dejarlo en regla. (....)
Cogió el cuaderno y la pluma y comenzó a escribir.

Caso: Desaparición de dos muchachos (Eduardo, príncipe de Gales; Ricardo, duque de York, hijos del fallecido Rey Eduardo IV) de la Torre de Londres. 1485, aproximadamente.

Ricardo III

Historial anterior:

-Bueno. Excelente historial en el servicio público y buena reputación en su vida privada. Característica más destacada que se desprende de sus actos: buen juicio.

-Con respecto al presunto crimen:

-No obtenía ningún beneficio. Había otros nueve herederos de la casa de York, entre ellos, tres hombres.
-No se presentó ninguna acusación en la época.
-La madre de los chicos (su cuñada y viuda de Eduardo IV) mantuvo buenas relaciones con él hasta que Ricardo murió, y las hijas asistían a las fiestas de palacio.
-Se ocupó del mantenimiento de todos ellos con generosidad y les garantizó su posición regia.
-Su derecho a la Corona era incontestable, ratificado por un decreto del Parlamento y por aclamación popular. Los muchachos ya habían sido excluidos de la línea sucesoria y no representaban ningún peligro para él.
-Si le hubiera preocupado un posible descontento, la persona de quien debería haberse librado no eran sus sobrinos, sino el siguiente en la línea sucesoria, Conde de Warwick (hijo de su hermano el Duque de Clarecen), a quien nombró públicamente su heredero tras la muerte de su hijo legítimo.


Enrique VII 

Historial anterior:

-Aventurero. Vive en cortes extranjeras. Hijo de madre ambiciosa. Nada negativo respecto a su vida privada, que se sepa. Ningún cargo ni ocupación públicos. Característica más destacada que se desprende de sus actos: astucia.

-Con respecto al presunto crimen:

-Muy importante para él que los chicos no continuaran con vida. Al abrogar el decreto que reconocía la ilegitimidad de los hijos de Eduardo IV (para legitimizar su derecho al trono tras casarse con la hermana de los dos muchachos), el mayor pasó a ser rey de Inglaterra, y el menor, el siguiente heredero.
-En el decreto que presentó ante el Parlamento para la anulación de los derechos de Ricardo acusaba a éste de tiranía y crueldad convencionales, pero no mencionaba a los dos príncipes. Conclusión inevitable: estaban vivos y se conocía su paradero.
-La madre de los niños fue despojada de sus bienes y la enviaron a un convento 18 meses después de que Enrique accediese al trono.
-Tomó medidas inmediatamente para tener bajo control a los demás herederos de la Corona y los mantuvo estrechamente vigilados hasta que pudo deshacerse de ellos con el mínimo escándalo.
-No tenía ningún derecho al trono. Desde la muerte de Ricardo, Warwick era de jure, rey de Inglaterra (a quien ejecutó acusado de traición).





(....)

--¿Sabe qué me convence a mí más de la culpabilidad de Enrique? El misterio.
--¿El misterio?
--Sí, el aire de misterio, el secreto, su forma furtiva de actuar. Verá, Ricardo no tenía necesidad de misterios, pero el éxito de Enrique dependía de que los niños acabaran sus días de un modo misterioso. Nadie ha hallado ninguna razón que justifique el modo que supuestamente siguió Ricardo, tan furtivo. A mí me parece delirante. Tenía que saber que no funcionaría, que tarde o temprano le obligarían a rendir cuentas de la desaparición de los príncipes. Ricardo esperaba reinar muchos años. Nadie ha sabido explicar por qué eligió unos medios tan complicados y peligrosos cuando disponía de muchos otros y muchos más sencillos. Podría haber ordenado que los asfixiaran y haber expuesto después los cadáveres para que todo Londres desfilara ante ellos y llorase la pérdida de dos chavales tan jóvenes que habían muerto de fiebres. Así lo habría hecho Ricardo. Pero si el objetivo que perseguía al matarles era evitar una sublevación a favor de los niños, para sacar algún provecho del asesinato tendría que haber dado a conocer su muerte, y lo antes posible. Si la gente no sabía que habían muerto, el plan se vendría abajo. Pero pasemos a Enrique. Él sí necesitaba encontrar un modo de quitarlos de en medio, y tenía que ser secreto, para ocultar en qué circunstancias y cuándo habían muerto. El éxito de Enrique dependía de que ‘nadie’ se enterase exactamente de qué les había ocurrido exactamente a los niños.

(....)

Por primera vez desde que iniciara la búsqueda de la verdad sobre Ricardo, Grant leyó lo que decía aquel texto escolar sobre la villanía del monarca. Allí estaba, inequívocamente impresa, la terrible infamia. Sin un ‘quizás’ ni un ‘acaso’. Sin ningún interrogante, sin ninguna reserva.

Cuando estaba a punto de cerrar aquel educador ejemplar, su mirada cayó sobre el inicio del reinado de Enrique VII y leyó: “Los Tudor siguieron una política meditada y firme: deshacerse de todos los pretendientes a la Corona, especialmente de los herederos de la casa de York que continuaban con vida después de que Enrique VII accediera al trono. Tal política dio grandes resultados, si bien fue Enrique VIII el encargado de librarse del último”.


Grant se quedó mirando aquel párrafo, tan franco y tan sencillo, aquella plácida aceptación del asesinato a gran escala, aquel reconocimiento de la eliminación sistemática de una familia entera. Se atribuía a Ricardo III haber eliminado a sus dos sobrinos, y su nombre era sinónimo de maldad. Pero a Enrique VII, cuya “política meditada y firme” consistió en destruir a toda una familia, se le consideraba un rey astuto y previsor. Quizás no un personaje demasiado encantador, pero sí constructivo y laborioso y, por añadidura, un triunfador.


Grant se dio por vencido, jamás llegaría a entender la historia”.

(Fin del extracto)

Lo más curioso es que, al parecer, en cuanto la dinastía Tudor fue sustituida por la de los Estuardo, empezó a revisarse la historia de siglos anteriores y ya en el XVII aparece la primera vindicación de Ricardo III. El famoso escritor y político Horace Walpole escribiría otra en el siglo XVIII y así sucesivamente. Incluso hoy en día, la Richard III Society, creada con el fin de limpiar la memoria del rey, ha impulsado varios juicios públicos, televisados algunos de ellos, donde se recrearon los hechos históricos y que en todos los casos se saldaron con la declaración de inocencia de Ricardo.

En un momento de la novela, el inspector Grant califica la leyenda negra de Ricardo de tonypandy, nombre de una ciudad galesa en la que en 1910, en medio de una huelga minera, se produjeron unos disturbios que el entonces Ministro del Interior, Winston Churchill, habría sofocado enviando al ejército. Algunas crónicas hablan de violentos enfrentamientos y hasta de muertes, a pesar de que Churchill (según otras versiones, entre ellas, claro, la del propio interesado ante el Parlamento Británico) asegurase que únicamente envió a Gales un destacamento de policías londinenses desarmados como refuerzo de la policía local y que, por supuesto, no se produjo muerte alguna.

Por si no se nota en esta entrada, la más larga –incluso contra todas las normas de estilo blogueras— que he publicado aquí, este tema me apasiona casi tanto como me desconcierta, porque, como también se habrá apreciado, yo había tomado partido por Ricardo aun antes de acabar esa novela. ¿Que Ricardo puede ser, en realidad, el maléfico personaje que conocemos? Por supuesto, pero los tonypandys existen y todos los sabemos, y cómo reescriben la historia los vencedores, también es de todos conocido.


La verdad es la hija del tiempo 
(antiguo proverbio)



Imágenes del libro de Josephine Tey, Laurence Olivier en el Ricardo III de Shakespeare, Enrique VII y los hijos de Eduardo IV.


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