Una ciudad bajo la lluvia




Verano de 1892. Oviedo se prepara para celebrar uno de los acontecimientos más importantes que vivirá en un fin de siglo convulso en lo social y en lo político. La inauguración del Teatro Campoamor, al que no faltará siquiera un Práxedes Mateo Sagasta a punto de recuperar la Presidencia del Consejo de Ministros, culmina una transformación que se inició veinte años antes con la apertura de la calle Uría.

Señorial escaparate de la nueva burguesía local, la travesía reúne los negocios más prósperos y los chalés más opulentos. En torno a ella crece una ciudad moderna sobre la que parece que nunca lloviera, mientras que el agua se ceba con el viejo villorrio, hacinado sobre la Catedral y receloso de los cambios que anuncia el moderno teatro, símbolo del nuevo siglo.

En medio de ambos mundos, Bárbara Hevia, hija de una noble inglesa y un oficial de la Fábrica de Armas de la Vega, rechaza el futuro que otros han elegido para ella y busca un progreso personal que le permita ser aquello que desea.


Ha costado más de tres años porque la documentación no ha sido fácil, pero por fin está aquí. Ojalá os guste.

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Tack, tack, tack.




Cuando era adolescente me enamoré como una loca de Daniel Dicenta.

Mis amores cinéfilo/televisivos/teatrales eran intensos y apasionados, aunque nunca hubiera visto en persona al objeto de mis desvelos ni éste supiera, como es lógico, ni de mi amor ni de mi existencia.

También tenían otra característica importante: no eran exclusivos, por lo que no era extraño que mi devoción por Dicenta coincidiera en el tiempo por la que me inspiró José María Rodero hasta el mismo día de su muerte y más, sin importar la diferencia de edad o la distancia hasta el Más Allá. Aun menos su mujer, claro, pobre Elvira Quintillá, a la que envidié durante años a pesar de saber que el carácter de Rodero era difícil y complejo.

En ambos casos, el flechazo se debió a sus voces y a su capacidad interpretativa. Yo, cuando veo a un buen actor en uno de esos papeles que te pone la carne de gallina y te vuelve el estómago del revés, se me olvida hasta respirar. Sólo después me fijé en que Daniel era guapo como el demonio y entonces la cosa ya no tuvo remedio.

En aquella época de mi adolescencia, segunda mitad de los setenta, el mundo era muy diferente. Ahora deseas ver una película de cualquier actor, encontrar datos biográficos, fotos… material en fin para alimentar tus afectos y sólo tienes que entrar en Internet. Si el objeto de tu deseo es, además, sociable, podrás tenerlo a él directamente en facebook, twitter e instagram, como poco.

Entonces algo era así no sólo era imposible, sino también impensable. Por no haber, en Asturias ni siquiera existía La 2, llamada entonces UHF, con lo que sólo disponía de un único canal de televisión y dos teatros a los que en raras ocasiones llegaban montajes dignos de verse. Eso no impidió que mi hermana, la Mari, tuviera la suerte de la Yerma que trajo a Oviedo Nuria Espert con…¡¡¡Daniel Dicenta!!! Para mi eterna desgracia, yo era demasiado pequeña para acompañarla y ella, demasiado olvidadiza como para acordarse ahora de la función.

Además, Dicenta nunca hizo mucho cine, aunque las películas en que participó hayan hecho historia: El crimen de Cuenca (Pilar Miró, 1979), todos sabéis por qué, y Función de noche (Josefina Molina, 1981), un film arriesgado, moderno y perturbador donde la ficción traspasaba sus límites y se expandía como el universo tras el bigbang: un docudrama, un realityshow, un psicoanálisis de pareja ante los ojos del mundo.

Pero siempre tenía su voz y no sólo porque hubo un tiempo en que se dedicaba al doblaje, sino porque antes, las emisoras de radio no sólo llenaban su parrilla de fútbol y tertulias verduleras, sino que también programaban dramáticos. Podían ser novelas, teatro, historias breves o guiones escritos para la radio donde se lucían los actores patrios, tanto los habituales como los de doblaje.

Ana Diosdado, conocida por todos por sus series de televisión Anillos de oro y Segunda enseñanza, llenó mis noches radiofónicas a partir de 1977, cuando estrenó Ruego me digáis, amigo, al que siguieron ¿Qué fue de aquellos doce? , Hierro y oro….

¿Qué fue de aquellos doce? era para la Mari y para mí una cita esperada cada semana, como lo es ahora el último capítulo de The Good Wife, por poner. En ella, Diosdado recreaba en clave actual la historia de los doce apóstoles. Para que os hagáis una idea, la negación de Pedro se trasladaba a un grupo de pintores vanguardistas, uno de los cuales reniega de las nuevas premisas estéticas de su líder a cambio de medrar en el tradicional mercado del arte.

El último capítulo de aquella serie sólo tenía dos personajes. Bueno, tres, pero el tercero, una chica a la que un capitán y un periodista rescatan en medio de una guerra sin nombre, era el catalizador de aquella reacción química perfecta que resultaban los otros dos.

El periodista era José Luis Pellicena. El capitán, Danie Dicenta.

Grabamos aquel último capítulo, lo transcribimos a mano y después a máquina (más la Mari que yo, al césar lo que es del césar) y lo escuchamos tantas veces que aún recuerdo pasajes enteros.

“Y… ¿qué fue de aquellos doce? Juan, hijo de Zebedeo y de Salomé, hermano de Santiago llamado el Mayor, fue aquel discípulo a quien Jesús amaba más. Y fue también aquél a quien le dijo: Escribe, pues, las cosas que has visto, tanto las que son como las que han de suceder después de éstas. Y Juan obedeció aquel mandato y así empezó diciendo: En el principio existía la palabra y la palabra estaba con Dios y la palabra era Dios. Ella estaba en el principio en Dios. Todo se hizo por la palabra y sin ella, nada se hizo.

Daniel era un Jesús convertido en capitán de un anónimo ejército, en lucha contra otro ejército igualmente desconocido. Saber quiénes luchaban y por qué no importaba. Las guerras son todos iguales. Entre refriega y refriega, bajo el zumbido de las balas, el capitán y el corresponsal de guerra traban una inesperada amistad. Y esa amistad da sentido al sinsentido de todo lo demás.

Si alguien tuviera la grandiosa idea de publicar aquellos guiones de radio, buscad ese último capítulo y comprenderéis por qué, a veces, se puede decir más con un silencio que con mil palabras: tack, tack, tack.




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Una nueva vida




Doctor Moreno. Psiquiatra.
Estrene una nueva vida.
Liposucciones del alma. Liftings de corazón.


El anuncio le había llevado hasta allí. Desde que lo leyó, a media página impar en el periódico del jueves, repetía como un mantra su sorprendente oferta: ¿Desengaños? ¿Decepciones? ¡Extirpe lo que le sobra a la vida!
Y él quería extirpar a  Julia. Borrar su rastro de tal modo que sólo el vacío llenara el amor que hasta entonces ocupaba ella.
Tumbado en la camilla y en la penumbra de la consulta, repasaba las instrucciones del doctor Moreno.
—Piense en la persona que desea olvidar. Concéntrese únicamente en su recuerdo. Evoque cuanto sabe de ella.  Llene la mente con su imagen, repita su nombre… Y déjese llevar.
—¿Dolerá?
—Como una inyección a un niño —el médico se rió de su propia broma.
Estaba a punto de enviar al olvido diez años de su vida. Diez años felices, amargos, alegres, vulgares, domésticos, inesperados… Nada les faltó, ni siquiera el amante con el que Julia amenizaba el trabajo las tardes de oficina.
Cuando le habló de Juan, arrepentida, hurgó en aquel nombre que sabía de él más que él mismo.
—¿Qué años tiene? ¿Es alto? ¿Lleva gafas? ¿Ha leído a Joyce? ¿Habla ruso?
Julia respondía a sus preguntas, sin entender su urgente curiosidad. 
—Él no importa —decía—. Sólo fue un error.
—¿Veranea en el mar?  ¿Qué coche conduce?  ¿Le gusta Serrat?
¿Entendería Julia que necesitaba descubrir a dónde se había llevado Juan el resto de su vida?
La conoció en un karaoke. Romántico no fue, aunque ambos estaban en una despedida de soltero. O precisamente por eso. No echaron en falta los dulces ni los corazones y obviaron el pene de látex que adornaba la cabeza de la novia y las tetas de silicona que colgaban de la camiseta del novio. Pero se rieron tanto que las carcajadas les duraron hasta el amanecer y aún les llegaron hasta el desayuno.  Quizás confundió las agujetas con mariposas volándole en el estómago, pero aquella noche se enamoró sin remedio.
Y sin solución.
El doctor Moreno sujetó su brazo,  dispuesto a inyectarle un concentrado de amnesia al 60%.
—¿Listo para olvidarla? —preguntó.
¿Lo estaba? ¿Quería, en realidad, una nueva vida o sólo recuperar la suya, vieja y desconchada?
­—No —dijo con firmeza—. Estoy listo para olvidarlo.
Y llenó su mente con la imagen de aquel Juan que no hablaba ruso ni llevaba gafas, pero tocaba a la guitarra canciones de Serrat.




#historiasdeamor








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Fundida en Negro









El miedo es negro y amargo, como debe serlo el café del infierno, imposible de tragar. Como tus manos cuando sales del tajo, con ese maldito polvo que nunca se va del todo, tatuado bajo tu piel. Como tus ojos, tan negros que cuando bajaba al taller, a tientas de oscuridad, sonreía.

--Camino por tus ojos cada día –te decía entonces, besándote los párpados para que me guardaras dentro.

Pero todo se acabó con el accidente, con las operaciones que me rompieron aún más que aquel costero. Ahora me quedo aquí sentado, viéndote beber aprisa una taza de café, saliendo ya, entera, viva, lista para el primer relevo. ¿Puedes prometerme que regresarás esta noche?

Si miro bien, aún veo tus 20 años, cuando creías que yo era lo mejor que te había pasado y soñabas con una casa, dos niños –la parejita es la ecuación exacta de la felicidad— y un amor sosegado.

Ahora sólo despejo incógnitas que tienden al miedo hasta que regresas, negra de ojos y de carbón. Fundida en negro.

Estabas tan orgullosa de haberlo logrado: Ayudante minera a 600 metros bajo tierra. Se te llenaba la boca de risas y a mí, de 600 espantos.

Y besas al aire desde la puerta. Y te despido sin voz.

--Dime que ya no hay costeros. Que no habrá escape de gas ni explosión que te entierren en el infierno. Júrame que no morirás hoy.


#historiasdeamor

Imagen de La Pensadora, de José Luis Fernández.


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Olvido





¿Cómo fluye la sangre de un fantasma?

(Mahmoud Darwish)









Primero fue un punto ridículo, tan pequeño que no supe si era mella o mancha.  Lo descubrí, solitario, en mi antebrazo, a medio camino del codo y la muñeca, indeciso en si bajar o subir o en si quedarse o desaparecer.

Es un lunar, deduje cuando el jabón no pudo borrarlo. Un residuo del sol y de la tarde que pasamos juntos en aquella terraza asomada al verano. Quizás una peca. Vete a saber si de tanto besarte me llevé una de las tuyas pegada a la piel.

Pero no. Una peca extraviada suena a excusa, a nostalgia. Y siempre era yo el primero en decirlo: Es mejor que no sigamos viéndonos. Nunca supe si alguna lo lamentó.  Si tú lo lamentaste.

Un día, el punto dejó de ser ridículo y ya no fue mancha ni mella, ni peca ni lunar. Bajo la ducha, y deforme por el agua, me pareció una boca dispuesta a devorarme.

Lo restregué con tanta fuerza que la esponja se deshizo entre mis dedos, pero no dejó de observarme, voraz quién sabe de qué. Tal vez de mí, como lo fuiste tú al principio, cuando las noches se acababan antes que nosotros y todas las horas parecían dignas de ser nuestras.

Medía ya casi un centímetro cuando se me ocurrió que era una letra. Una O oscura, obscena y ofensiva que me crecía en el brazo como un tumor. Una O de orgullo. Una O de Olvido.

Me convencí de que desaparecería. De que aquello no era una O, por más que lo pareciese, ni se había embarcado en una singladura por mi brazo,  pero resultó tozuda y nada fue capaz de borrarla. Ni el detergente más agresivo ni la lejía más implacable  También lo intenté con alcohol, acetona y aguarrás y sólo desistí cuando la gasolina estuvo a punto de provocarme un eccema. Odiaba pensar que tendría que vivir con ella como lo hacía sin ti.

Empecé a vigilarla. Cada hora, sin importar donde estuviera, me alzaba la manga de la camisa y observaba con detenimiento la evolución de lo que ya sabía que no era mancha, aunque ignorase su naturaleza.

Compré ungüentos y cremas sin que nada surtiera efecto. Froté, raspé y cepillé hasta hacerme sangrar, hasta despellejarme y mudar de piel como una serpiente en primavera. Sospecho que en nada puse tanto empeño como en borrar aquella letra, salvo, tal vez, en borrarte a ti.

Pero la O continuaba allí, obtusa, ombría, ordenada.

Al menos, me dije, ya no crece.

Y era cierto. Había detenido su avance y dejé de temer que se expandiera por el brazo, continuase por el hombro e invadiera mi cuerpo como el mapa de un desahucio. Pero eso tampoco me tranquilizó. Seguía ignorando de dónde había salido y cuántas letras más pensaba escribirme.

Me imaginé como uno de esos fanáticos de los tatuajes cuya piel se asemeja a un informe de pasantías o a una tesis doctoral. Tendría que vestirme con jerséis de cuello alto y manga larga, incluso en verano, para ocultar el sarpullido caligráfico que me brotaba de dentro.

Desechados los remedios caseros, acudí al médico, pero tampoco halló  solución. Nevus, angioma, queratosis… Descartado el melanoma, me despachó con más ungüentos milagrosos tan inútiles como los que yo mismo me había procurado.

La O alimentaba mi obsesión hasta el punto de no ocuparme ya de otras partes de mi cuerpo, por eso la aparición de una segunda letra en el hombro opuesto al brazo que vigilaba a diario me pilló por sorpresa. Cuando la descubrí, ya había superado la fase de lunar y se mostraba, idéntica a la otra, ligeramente oblicua, ociosa y ofensiva.

Desistí de aplicarle los mismos métodos abrasivos a los que había sometido la primera. Era lógico pensar que si no habían resultado con una tampoco lo harían con la otra. Su ubicación en el hombro también dificultaba su seguimiento, por lo que sólo la inspeccionaba cada mañana bajo la ducha y cada noche al acostarme. Resultó ser igual de tenaz que su gemela y creció hasta mostrarse como una O oronda y ominosa.

Tal vez fuera el anuncio de un otoño huraño o el principio de un octubre largo y desapacible.  Acaso el recuerdo de una Olvido que nunca se dejó olvidar.

La tercera O no fue un huésped imprevisto. Sabía que habría de llegar, aunque ignorase en qué recodo de piel iba a alojarse.

Fue en el vientre. A un centímetro exacto del ombligo, como una pareja de hecho o un discreto acompañante. Tan ostentosa y ordinaria como el resto.

Tres Oes empezaban a ser un problema. Una no pasaba de anécdota. Dos eran una curiosidad fisiológica, pero tres indicaban una progresión alfabética. Tres Oes podían ser un reclamo publicitario, un poema visual o hasta un manifiesto dadaísta. Y nada de todo eso te traería a mí.

Soy contable, no me manejo con las letras. Los números son simples. Dos más dos siempre serán cuatro. Las palabras, en cambio, son engañosas y polisémicas. Cuando uno habla, nunca se sabe lo que el otro entenderá.

Las letras no son más que obligados intermedios en la sucesión de cifras en que vivo: años: 43; metros: 1,80; butacas: 2; rutinas: 7;  amor: 1.

La cuarta O, oscura, odiosa, obsesiva, se burló de mí desde la ingle, donde la descubrí, emboscada, una noche.

Así fue como empezó. Y aún no ha terminado.

A los seis meses del primer brote tuve que dejar el trabajo. Para entonces, ninguna prenda era capaz de ocultar la invasión ortográfica que avanzaba, imparable, como un escuadrón de kamikazes.

Un último intento de solución médica me condenó al catálogo de enfermedades raras y posiblemente contagiosas, que me obliga desde entonces al riguroso control de biólogos, infectólogos y hasta algún afanoso psiquiatra.

Las Oes, sin embargo, siguen aquí.

Orgullosas.

Opulentas.

Obstinadas.



#historiasdeamor

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La república independiente del amor



Se conocieron en la sección de tapizados y antes de haberse puesto de acuerdo en si eran mejores los sofás de piel o los de tela, ya habían decidido casarse. Nunca compartieron tardes más intensas que aquéllas durante las que eligieron el ajuar de su nueva casa, del departamento de cocinas al de descanso, sin olvidar los de relax y complementos.

Decorar su nueva vida les mantuvo tan ocupados que no repararon en las sutiles diferencias que los separaban. Ella deseaba un salón moderno y él, uno de corte clásico. Él quiso una librería de pino y ella, una vitrina de metacrilato.

 La crisis estalló en el sector de dormitorios.

—Colchón de látex —dijo él.
—Viscolástico —repuso ella.
—Somier de láminas —opinó él.
—Canapé abatible —rechazó ella.
—Cabecero de forja —propuso él.
—Forrado en seda —rebatió ella.

Firmaron la paz con un plato de albóndigas en la zona de restauración y se regalaron, como prueba de amor, un catálogo recién salido de la imprenta.

Aún no habían llegado al coche, cuando ella le mostró una cómoda lacada en rojo. Él pasó las páginas hasta encontrar una mesa de caoba envejecida.

Se casaron un mes después. La lista de bodas se encargó a unos grandes almacenes con vocación de sastrería inglesa.



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