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Agosto adolescente






Hay ocasiones en que uno encuentra la sabiduría en los lugares más insospechados. Y yo acabo de hacerlo en unos dibujos animados que sonaban de fondo en mi salón hace unos días, cuando Zipi, tumbado plácidamente en el sofá, dejaba transcurrir el tiempo de sus vacaciones sin hacer nada, absolutamente nada. Pero nada de nada.
--¿Os apetece ir a la playa? –ofrecía yo en una demostración de amor maternal inconmensurable, dado que yo odio la playa.
--Puf, mamá, qué pereza --respondía indistintamente Zipi o Zape, que en esto del dolce far niente siempre están de acuerdo.
--¿Y si vamos a pasar la tarde a un merendero? Necesitáis que os dé la luz, sospecho que estoy criando a un par de vampiros.
--Puf, mamá, qué pereza— la respuesta volvía a ser  la misma.
El cine quedó descartado después de una hora de intentar convencernos los unos a los otros de las bondades de los superhéroes, los espías y los extraterrestres, sin alcanzar ningún consenso.
--Podemos acercarnos a la biblioteca y sacáis algún cómic —qué paciencia podemos llegar a tener las madres.
--Puf, mamá, qué pereza —y que resistencia a todos nuestros intentos pueden tener ellos.
Tras múltiples propuestas, se nos ha pasado el verano al sol del ordenador, la psp y mi exigua terraza.
Va a ser que la adolescencia es un virulento sarpullido que debe curarse a la sombra y en soledad, pero ya los pillaré a los 20.
--Puf, mamá, qué pereza.





Video de la serie de Disney Channel Phineas y Ferb.


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Velda Rae

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Umbrellacrossing







Pierdo paraguas con la prodigalidad de un indiano que vuelve al hogar y la ligereza de un grand jeté de Nijinsky. Se podría decir que más que bookcrossing yo practico una suerte de umbrellacrossing del que se benefician todos aquellos asturianos que se los han topado en un encuentro que los vuelve impermeables y felices. Porque en Asturias, un paraguas es un bien muy preciado, de primera necesidad. A veces, incluso, de perentoria necesidad.

Aquí, quien tiene un paraguas tiene un tesoro, porque aunque podemos ignorar si llegará el verano en junio o pasará de largo, sí sabemos, con inevitable certeza, que la lluvia llegará. Siempre. No importa que ahora te achicharres de calor, después, en unos minutos, cuando más seco te creías, caerá un chaparrón y te irás con medio mar Cantábrico encima y un puñado de algas de regalo.

Nuestros niños aprenden pronto a pisar el prao de los merenderos,  y aun antes, a no dejarse el paraguas en casa por más soles que hayan anunciado los meteorólogos en su pronóstico reservado. Y las madres somos expertas en la compra del artilugio más pequeño y liviano del mercado que nos permita sumarlo a la polvera y al teléfono móvil en el fondo de nuestro bolso.

Yo, además de experta en comprarlos, soy más diestra aún en perderlos. Contar los paraguas que he dejado en bares, oficinas, salas de espera y asientos públicos llenaría un nuevo tomo de esa guía telefónica que casi nadie usa ya. Grandes, pequeños, con lunares, sin adornos, de un aburrido gris o de un esplendoroso bermellón, todos los he ido dejando tras de mí como un rastro de migas de cuento. He pensado hasta en ponerles un chip de identificación para recuperarlos después, pero no estoy segura de si debo ir al veterinario o a la ferretería para que me hagan el apaño.

Algo despistada siempre he sido, que cuando Zipi y Zape nacieron, me obsesionaba el temor de dejarme a uno de ellos por el camino. Quizás por eso en cuanto aprendieron a andar los paseaba atados como una matrona a sus caniches.

Pero asumida mi condición de proveedora oficial de paraguas, lo que me preocupa ahora es que he empezado a olvidar las gafas, el móvil, las llaves y hasta la bolsa de la compra. A estas horas, algún afortunado ovetense se ha comido mi pan de molde y mis yogures, abandonados anoche en la parada de autobús, huérfanos de mí.

Ya he empezado a buscar las correas con que mantenía anclados a mis mellizos para mi próxima visita al supermercado. Saldré con las bolsas colgando como un árbol de Navidad, pero mi estómago quedará satisfecho. Eso, si no las he olvidado atadas aún en torno a ellos. Siempre me pregunté por la naturaleza de ese curioso apéndice que les nace de la cintura como una lustrosa cola de caballo.







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Tres meses y descontando...






Quedan tres meses y no sé cuántas horas (sigo sin descubrir el segundo exacto en que se producirá el acontecimiento) para que se termine el mundo. De mis propósitos vitales, como adelantaba hace más de tres años, cuando conocí la fecha del cataclismo que nos habría de llevar a todos, de golpe y porrazo, al Más Allá, sigo sin saber nada. Debe ser que mis objetivos en la vida son como el pago de ese libro que escribí en el 2003 para que firmara sabe dios quién: un contrato incumplido.

No he conocido a Ed Harris, ni bíblicamente ni de ninguna otra manera. Tampoco a Jeff Goldblum ni a Kevin Spacey (y mira que a éste lo tuve a 31 kilómetros, mecagoentó). No he escrito la gran novela del siglo XX ni la del XXI, aunque, por lo que leo en los suplementos culturales y de los otros, podría haberlo hecho porque tantas se han calificado así que la mía podría estar entre ellas y no me habría enterado.

Sigo sin hacerme un lifting, y eso que ahora sería más necesario que entonces, porque la ley de la gravedad, más que el plegamiento de las placas tectónicas epiteliales, empieza a ser no sólo evidente sino ostentóreo, que diría Gil y Gil. Tampoco he crecido 20 centímetros (por más que me he colgado de las puertas), ni adelgazado diez kilos, ni me he vuelto rubia (qué alivio).  

A cambio de todo lo que no he hecho, sí he visto crecer a Zipi y Zape, y eso vale por todo los mitos cinéfilos del mundo, por todos los cheques cobrados y sin cobrar, y por todas las novelas publicadas desde que se inventó la imprenta.  Y lo que es mejor, pienso seguir haciéndolo el 22 de diciembre, y el 23, y el 24… Y hasta que tío Alzheimer me deje.

Que le den al fin del mundo (de mi parte).





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Gata de raza luna







Mi gata no puede evitar
ser un poquito rara,
que nació de un puma negro
y de una pantera blanca
y la trajeron volando de América
cuatro misteriosas magas.
Una abrazaba su lomo,
otra cogía sus patas,
la tercera, que reía cosquillosa,
su cabeza sujetaba.
La cuarta, para no caerse
todas de las carcajadas,
con los bigotes de Anya
trenzó dos largas coletas
y se columpió con ellas
desde el cielo a mi ventana.




Ya que estreno nuevo diseño del blog con un dibujo de Zipi del que estoy orgullosa cual gallina clueca, aprovecho para dar a conocer a un gran ilustradora asturiana, Beatriz Alonso, que ha sido tana amable de poner en imágenes uno de mis cuentos.




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¿Casualidad? ¿Predestinación?… ¿Fantasmas?





         
          Tengo un amigo que no cree en las casualidades. Cuando él, Libra, se enamoró de una mujer Libra, cuyo padre era Libra, sus creencias se vieron reforzadas.
Muchos hay que, como mi amigo, no aceptan que las cosas puedan ocurrir por accidente o por azar, incluso por suerte, sea mala o buena. Hablan de predestinación, de una voluntad, no se sabe cuál, que dicta lo que ha de suceder y contra la que no se puede luchar.
Yo prefiero creer en el albur o, si acaso, en una relación causa efecto en la que la causa nos ha pasado desapercibida. Aunque sólo sea porque la alternativa no me parece nada atrayente: que comparto mi casa con una pareja de fantasmas.
Los abuelos me ayudan.
Ésta fue la sorprendente afirmación que realizó Zipi hace unos días con la normalidad con que los más jóvenes aceptan lo insólito.
¿Los abuelos? Cariño, pero si llevan muertos cinco años, respondí yo, adulta, empírica, incrédula.
Pero siguen aquí, insistió, y me ayudan cuando lo necesito.
Zipi enumeró entonces los momentos en que las puertas de casa se abren o se cierran solas a su paso y otros fenómenos de similar condición que para unos no son más que corrientes de aire y para otros, la mano del muerto.
No le contradije. Si a él le hace feliz imaginar a sus abuelos como dos seres ectoplásmicos dedicados a hacerle la vida más fácil, no seré yo quien enturbie tan buen recuerdo.
Cuando encontró sobre sus piernas, tras dos horas de búsqueda enloquecida, un objeto perdido y muy especial por la carga de amor adolescente que posee, me miró con una sonrisa feliz y concluyó:
Los abuelos lo encontraron para mí.

Papá, mamá, tengo un enchufe estropeado y una lámpara por colgar, ¿no tendréis un electricista a mano por el Más Allá?

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Disrupciones orales







Las conversaciones con la Mari (mi sensata hermana mayor) y con esas amigas con las que comparto fecha de nacimiento empiezan a ser dignas de estudio por la criptología. La cosa suele empezar con normalidad, pero antes de los diez minutos alguna, irremediablemente, dirá algo parecido a esto:

--Ayer me encontré con... mmmmm... aquella chica que trabajaba en una tienda ... uhummmm... mujer, esa donde compramos aquellas lámparas para regalarle a ....coño, ¿no sabes quién te digo?

Y tú, claro, no tienes ni idea, pero pones todo tu empeño colaborador por descifrar el puzle.

--¿Te refieres a aquélla que siempre nos hacía descuento y que era prima de no sé quién y no hacía más que presumir de las vacaciones que se pegaba en las islas ... Canarias? ¿O eran las Baleares?

--¡No, coño! Esa fue la que nos recomedó .... ¿al fontanero? ¿al electricista... ? Bueno, qué sé yo, pero no era esa.

--¿Dices aquélla que paraba mucho por... por el pub que está en la calle esa donde el muro... que íbamos mucho cuando tú salías con Pedro... o con Jose...?

--No, digo la que sacó aquellas oposciones a no sé qué y tuvo que irse al sitio ese donde el cocido de garbanzos se come al revés.

--Pues chica, ni idea. Vamos a tomar otro...grrrrrrr... otro de esos que vienen de La Rioja en botella a ver si nos entonamos y nos vuelve la memoria.

--Sí mejor, llama al camarero y pedimos unas... unas.... ¡hostias!

--¿¿¿Pedimos unas hostias??? ¿¿Ahora te va el sado??


--No, joder, es que quiero unas cosas de esas redondas y verdes.

--¿Guisantes? ... ¿Esmeraldas?

--¡De donde sale el aceite!

--Mmmmmm...... ¿Aceitunas?

--¡¡Síí! Pero de las que llevan bicho dentro, ¿eh?

Aunque ya no lo parezca, antes éramos capaces de hablar todo seguido. Ahora hablar, hablamos, pero decir... no conseguimos decir gran cosa.


La imagen (modificada) se basa en una viñeta de Maitena.

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Lost in translation







Este año he tenido unos Reyes Magos muy atípicos, pero de lo más entregados a la causa de la Navidad y de esos reencuentros familiares que promueve un clásico anuncio de estas fiestas. Tras tantos años de ni vernos ni hablarnos que mejor ni echo la cuenta, la red social más nutrida y rompewebos que conzco, el Facebook, me ha devuelto a uno de mis primos rusos, al mismo tiempo que el Skype ha hecho lo mismo con otro de esos parientes lejanos que antes vivían en la Unión Soviética y ahora, por esos misterios de los mapas políticos, lo hacen en Ucrania, sin que sus respectivas viviendas se hayan movido ni un kilómetro de su emplazamiento original.

Este regalo, que agradezco como debo, me ha convertido, sin embargo, en una adicta al google translator, porque yo, de ruso, para qué os voy a engañar, aparte de blini, spasiva y dasvidania, sé lo mismo que vosotros. Y comunicarse así en el face, es relativamente fácil, pero en el skype y en medio de una videollamada, no veáis qué lío es pensar, escribir, traducir y leer con mi ruso macarrónico, para después encomendarme a todos los santos para entender al menos la mitad de la respuesta.

El inglés, a pesar de que sólo chapurreamos el idioma de Shakespeare, es un territorio común en el que, al menos, no naufragamos. Pero estos días no puedo dejar de pensar en para cuándo las nuevas tecnologías que han traído a mi vida el facebook, el skype, internet y los ordenadores, harán posible el chip translator que, implantado en la parte de mi cuerpo que sea menester, traduzca de modo instantáneo cualquier idioma que entre por mis oídos.

¡¡помощи!! Que según el google translator se lee pomoshchi y significa ¡¡socorro!!!


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Multitarea






Soy de otra generación, no me queda otro remedio que admitirlo. De una limitada y poco preparada para la vida de este siglo XXI, al contrario que esa a la que pertenecen mis hijos, multitarea y funcional, como las modernas impresoras-scaner-fotocopiadoras-fax y qué se yo cuántas cosas más, todas en un mismo paquete. A mí, que me cuesta un triunfo escribir algo más serio que la lista de la compra con música de fondo, me admira y me sorprende contemplar a mis retoños leer a Harry Potter con el mp3 atronando Linkin Park en sus oídos, al mismo tiempo que vigilan que ningún monstruo volador masacre a su personaje, inmerso en el mundo virtual del video juego de moda.

Yo, me temo, terminaría por empeñarme en que mi valiente arquero lanzara hechizos alojomora a diestro y siniestro y si consiguiera sumergirme en la lectura de las tribulaciones del joven mago dejaría de escuchar, ipso facto, cualquier música que estuviera sonando. Y viceversa.

¿Cómo lo hacen? Ni puta idea, pero ya me gustaría saberlo. Así sería capaz de planchar, escribir y ver una película a la vez, y multiplicar por tres mi tiempo. Y eso, para una gran procrastinadora como yo, sería un lujo impagable. Claro que luego derrocharía esas horas de más en tumbarme a la bartola a ver la vida pasar, con lo que mi productividad no serviría para nada, desde un punto de vista macroeconómico. Pero ya desde mis lejanos tiempos de la Facultad de las Ciencias de la Información se me daba fatal lo de la micro y la macroeconomía. Así que supongo que seguiré haciendo mis tareas de una en una y cuando se tercie, de cero en cero, que para eso una cree en la teoría de dejar para mañana lo que se pueda hacer hoy.

Qué tranquilidad de espíritu da conocerse tan bien una misma y comprender que, en mi caso, genética, generación y galbana son tres patas de una misma pereza intrínseca.



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Repostería astur-soviética (rusa, ya, ya)








Todos habréis oído hablar de crêpes, panqueques y frixuelos, incluso, hasta habréis probado alguna o todas esas variedades de un mismo postre basado en una masa de leche y harina de diferente espesor, a gusto del consumidor y de la zona geográfica en que viva, que, una vez apelmazada, se fríe cual tortilla francesa y, si se es un virtuoso de la sartén, hasta se le puede dar la vuelta lanzándola al aire y quedando como dios si el producto final no es un techo o un suelo entafarrados. Pero estoy segura de que hasta hoy no sabíais que existía el blínchiki, resultado de la fusión culinaria del frixuelo y el bliní.

El blínchiki lo inventé yo con seis años pero no lo elevé a la categoría de arte hasta la adolescencia, con innumerables tardes de domingo buscando el equilibrio ideal entre leche y harina, azúcar y sal (aunque sean dulces, deben llevar una pizca de sal para que sean perfectos), huevos y burbujas fermentadoras.

El frixuelo es ligero porque lleva más leche y su diámetro es grande como una tortilla, mientras que el bliní es más pesado por llevar más harina, pero es diminuto como una tortita americana. Mi blínchiki tiene el tamaño del frixuelo (vamos, cuanto más grande mejor) y la espesura del bliní, o sea, gordo regordo. ¿Resultado? Una bomba calórica y saciante de la que es difícil llegar a comer más de tres seguidos en períodos de menos de 24 horas.

Eso, claro, si no sois miembros de mi familia. La Mari (mi hermana mayor, la sensata y ahora pater familias de esta familia sin pater ni mater ni perrito que nos ladre) y yo perfeccionamos a los 15 años (yo) y algunos más (ella) la capacidad ilimitada de ingerir blínchikis como si se trataran de livianas hojas de lechuga.

Armada de delantal, espumadera y dos sartenes (para que la producción fuera más rápida y no se enfriaran los primeros antes de freír los últimos) me gané mi lugar en el sol (o en el Libro Guiness de los Récords, que viene a ser lo mismo) llegando a los 20 blínchikis por merienda. Lo malo es que la merienda era para dos y como sé que sois listos y sabéis dividir, ya habréis deducido que tocábamos a diez por estómago.

Los blínchikis, además, no se comen espolvoreados con azúcar, sino que se embadurnan a conciencia de la mayor variedad posible de mermeladas, si hay una diferente por cada blínchiki, mejor que mejor.
Cuando iba más o menos por la docena, Mari, la sensata, apuntaba:

--¿No serán ya suficientes?

Yo, ni caso. Seguía con mi duplicado de sartenes y platos, y sacudía la espumadera con decisión.

--Na, na, con estos no tenemos ni pa’un diente.

A los 16, Mari ya me miraba de medio lado:

--No vamos a poder con todos.

Yo, inasequible al desaliento, seguía dándole a la espumadera.

--Luego no cenamos, mujer.

A los 20, la pobre, gritaba:

--¿¿Es que todavía vas a hacer más??

Y yo me hacía la ofendida.

--Si te vas a poner así, paro ya ¿eh?

En mi casa nos tenían muy bien educadas y nunca dejábamos nada en el plato, así que si yo hacía 20, 20 que nos zampábamos. (Por si alguien lo estaba pensando)

El día que la Mari y yo decidimos poner fin a las meriendas de domingo, mis padres nos encontraron agonizando en el sofá, tras haber terminado con las existencias de bicarbonato de mi casa y con tal indigestión que creo que desde entonces mi hermana no ha vuelto a probar un frixuelo, crêpe o panqueque, y aún menos, un blínchiki. De hecho, todavía hoy digo blínchiki y se le pone la cara verde. Siempre fue muy delicada.

Yo, que soy más bruta que un ‘arao’, no sólo reincidí, sino que inventé el pastel de blínchikis, que es algo parecido a esa montaña de frixuelos que el gato de la foto observa con gula lujuriosa, pero con mermelada intercalada (como las haches ). Por eso ahora mismo estoy al borde de la muerte, cual boa deglutiendo a una elefante y tirándome de los pelos porque no queda ni un nanogramo de bicarbonato en mi dulce hogar desbicarbonatado.

¿Alguien me prestaría una tacita? ¿O me haría el favor de llamar al 112? ¿Pronto?



Foto del blog El mundo de losGatos

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Caída libre





Es curioso que lo que más me gusta de los 40 es lo mismo que me cabrea: todo lo que, de pronto, empieza a caérsete.

Empiezan por caerse los prejuicios, los miedos y las vergüenzas, cosa que es de un liberador que hasta adelgazas del alivio y del lastre que vas soltando.

Pero, a cambio, se te caen partes del cuerpo que no voy a mencionar para no herir sensibilidades, y se te cae la flexibilidad y hasta el alma a los pies cuando descubres que ya no puedes hacer ni la mitad de las cosas que hacías a los 20, desde ir de doblete a trabajar tras una noche de juerga, a sentarte sobre tus propias piernas flexionadas por un periodo superior a los tres segundos.

Para ser sincera, lo de salir toda la noche y empalmar con la mañana siguiente es que ya ni siquiera te apetece, y lo de las piernas, sí que puedes, si te empeñas, pero cuando te levantes descubrirás que serán necesarios más de cinco minutos para poder volver a caminar.

De modo similar, ver cómo crecen Zipi y Zape me produce reaccionas contradictorias. Me gusta, no puedo evitarlo, dejar de asistir a eventos varios, como el Desfile del Día de América en Asturias y el  Día del Bollu, que me he ahorrado este año. Disfruto con la rapidez con que cambian sus cuerpos y sus mentes, tanto, que si me descuido un momento, cuando vuelvo a mirar ya no son los mismos.

Pero la nostalgia es de las cosas que no se te caen nunca, y a veces me acuerdo de cómo eran ellos y de cómo era yo, y me ataca la artritis mental y me duelen, no sólo las rodillas, sino también los recuerdos.

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Sueños húmedos





 





El desembarco de la parte de mi familia que vivía del otro lado del telón de acero (siguen viviendo allí, pero el telón se levantó hace años, como sabéis) suponía una revolución en mi vida que duraba los quince días de su estancia. Comer caviar con la prodigalidad de quien devora galletas María, beber té más negro que el corazón del diablo, trasnochar y pasar dos semanas haciendo turismo era lo más divertido, junto con el momento en que se abrían las maletas de los huéspedes y se repartían los regalos.


Pero también conllevaba una curiosa servidumbre: organizar una agenda de actividades que incluyera los ‘antojos’ de las visitas. Los adultos querían ir de compras y tomar sidra, la segunda generación prefería salir de noche, ir de discoteca… y ver una película X.

Yo imaginaba que una estudiante de Ingeniería Física Nuclear tendría otras prioridades, pero no bien soltó la maleta, mi prima Marina no dijo otra cosa: Porno, porno, ¡porno!

Y mi pobre hermana, la Mari, y yo, cicerones sin posibilidad alguna de escapatoria, tuvimos que buscar una para que callara. Ninguna de las dos entendía nada de tal género cinematográfico, pero rastreamos la cartelera en busca de Nadiuskas, María José Cantudos y Ágata Lyses.

Estábamos en plena moda del destape, pero no era eso lo que Marina quería. Ella insistía con tenacidad eslava: ¡Porno! ¡Porno! Y mi hermana y yo volvíamos al periódico, cual pareja de perros Pávlov condicionados por aquella orden, buscando cualquier cosa que nos librara de la curiosidad libidinosa de mi prima.

Oviedo no es Madrid y en 1979 aún se asemejaba menos. No había salas X ni nada que se le pareciera. Si te descuidabas, en verano no había ni cines. Pero entre los títulos que ofrecía la cartelera descubrimos uno. Sueños Húmedos (Wet Dreams, 1974). Y con un título así no podía ser más que… ¡¡¡porno!!!

Qué magnífica siesta de hora y media me eché. No sé si Marina disfrutó de la película a causa de mis ronquidos, pero yo sólo desperté con los negros augurios con que tambores, trompetas y címbalos recibían a la voluble fortuna. Es lo malo del cine de arte y ensayo, una espera ver retozar a ninfas y sátiros y se encuentra diez cortometrajes surrealistas con música de Carl Orff.
  
Oh Fortuna, variable como la Luna, un día, jugando, entristeces a los débiles sentidos, para llenarles de satisfacción al día siguiente...


Quizás también te interese: Yo no tengo un tío en América.


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Poluciones nocturnas






Estoy criando a dos cuervos. Indiferentes, pasotas y desdeñosos. Y si son así con trece años, imagino cómo serán a los 16 y se me ponen los pelillos como clavos zincados. Y yo, con la tornillería fina en la cabeza, soy un clon de la Bruja Avería. ¡Por Saticón, Orticón y Plumbicón! ¡Viva la economía! ¡Viva la plusvalía! ¡Viva José María García!

Este fin de semana hemos abordado un nuevo capítulo de Érase una vez… La Adolescencia. Cuando dije eso de: Nenos, tenemos que hablar, reaccionaron como un solo hombre, es decir, con gesto de espanto y deseos de salir corriendo. Pero soy una bimamá entrenada en la guerra de guerrillas desde hace trece años, así que les corté la retirada y no hubo escapatoria.

--¿De qué quieres hablar?, se resignaron.

--Sexo, drogas… y rock and roll.

No pude evitar terminar la consigna rollingstonera, con el pasmo de Zipi y Zape, que no pillaron la broma.

Soy de las que intentan practicar la mayéutica con mis hijos, pero cuando uno se pone a perseguir a la gata y el otro a hacer zapping, los métodos educativos y el diálogo razonado se van al cuerno y una termina por desmelenarse en su afán de ser tenida en cuenta.

Al final no estoy segura de si mis retoños se han enterado de que las poluciones nocturnas son algo más que la Central Térmica de Soto de Ribera lanzando toneladas de CO2 a la atmósfera durante la noche, y de que la heroína no es sólo la guapa de la película salvada in extremis de las garras del malvado crápula por un afanoso galán con bigotito, modelo Errol Flynn.

Ellos se vengaron (con poca sutileza, todo hay que decirlo) de mis esfuerzos formativos con el comentario desdeñoso que me dedicaron al día siguiente: ¿Tu blog? ¡Qué aburrido! ¡Se ha pasado la novedad! Y yo lo haré, en cuanto tenga ocasión, con los siguientes capítulos de El Ataque de la Increíble Mamá Dialéctica, que, juro por la preevolución de Pikachu, superarán en número los del folletín más largo del que se tenga conocimiento.

¡¡¡Qué mala, pero qué mala soy!!!



Foto de Niceforo, en Flickr


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Al corro de la patata



"Los juegos tradicionales son universales: el cascayo, la comba y el de las gomas. Así lo comprobaron el viernes, en la plaza de la Catedral, medio centenar de alumnos de los institutos de La Corredoria y de Ventanielles. De paso, aprendieron también inglés. Y es que los alumnos repiten rimas tradicionales inglesas mientras los practican.


Alice Persson es una niña sueca de un pueblo de pescadores, Kungshamn, que ayer descubrió, junto a otros tres compañeros nórdicos, que los juegos que practican los niños de Oviedo son los mismos que de los de su Suecia natal. «Me encantó descubrir que todos los niños jugamos a los mismo».


Miguel Alonso y su hermano Alberto, alumnos de la ESO, estaban muy contentos de participar en esta experiencia. «No sólo nos divertimos, sino que también conocemos a niños de otros centros, lo que siempre es interesante», comentaron entre juego y juego.


La artífice de esta iniciativa es la coordinadora de la sección bilingüe del Instituto de La Corredoria, Belén Nicolás. «Los alumnos, repitiendo estructuras gramaticales, en este caso rimas, aprenden mejor el vocabulario sin darse cuenta y sin esfuerzo», resumió".






Gracias a Ángel Fidalgo, amigo y periodista de La Nueva España, por el texto que reproduzco más arriba, publicado ayer en el diario asturiano, y por citar a Zipi y Zape en tan breve espacio. Ventajas del tráfico de influencias entre colegas.


La verdad es que quedé tan agotada después de más de dos horas de pie al sol, viendo a mis retoños saltar a la soga (nunca llamé comba a ese juego) y jugar al cascayo (rayuela para los no asturianos) y al corro que ni ganas de contar las mil veces que escuché las canciones inglesas –por cierto qué sosas — con las que acompañaban sus retozos:


“I like the coffe,

I like the tea,

I like ........

to jump with me”.


La variedad musical que nosotros disfrutamos en nuestros juegos infantiles abarcaban desde los romances viejos:


“Un sevillano en Sevilla

la desgracia le dio Dios

una madre y siete hijos

y ninguno fue varón…”


hasta las peteneras:


“He nacido en la Habana

debajo de una palmera,

los moros me cautivaron,

me pusieron petenera…”


pasando por truculencias fantasmales:


“Al entrar en el Hospital Socorro,

al subir las escaleras,

hay un letrero que dice:

Aquí se cura y se opera.

Cuando a mi me operaron,

yo tenía mucho miedo

y a los tres días siguientes

caminé al cementerio…”


oráculos diversos:


“Quisiera saber quién es mi novio,
Pepe, Luis, Jose o Antonio.

Quisiera saber mi vocación
soltera, casada, viuda o monja…”


publicidad subliminal:


“He puesto una librería

con los libros muy baratos,

con un letrero que dice:
Aquí se vende barato…”


y hasta glosas del maltratos:


“Con la paleta su madre daba,

con la paleta la amenazaba,

con la paleta su madre dio

un paletazo que la mató…”


Qué lástima que se pierda esa tradición oral, porque Zipi y Zape, a pesar de haberse pasado los cuatro primeros años de vida escuchándome cantar hasta las páginas amarillas, sólo recuerdan al pobre Conde Olinos convertido en espino albar y los pantalones de La Tarara, que de arriba abajo, todo son botones.





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