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7Siete








7Siete es un libro colectivo en el que han colaborado 33 autores de manera desinteresada y cuyas ventas irán destinadas a la Asociación de Familias de Niños con Cáncer del Principado de Asturias Galbán.

7Siete es un viaje artístico que recorre el cuento, el relato y microrrelato, la poesía y la pintura, que no habría sido posible sin la solidaridad de Ediciones Trabe y de los autores que han participado con su obra, entre ellos, Flavia Company, Leticia Sánchez Ruiz, María Tena, Manolo D. Abad, Anabel Botella, Lola Mariné, Beatriz Álvarez, Chelo Veiga o Josu Monterroso, impulsor y coordinador de la iniciativa.

7Siete, además, está dedicado a la memoria de nuestro amigo y compañero, Felipe Escudero, de quien también se ha incluido un texto en el libro. 

Si os apetece colaborar, os esperamos el viernes en la Librería Cervantes.

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Velda Rae

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Una nueva vida




Doctor Moreno. Psiquiatra.
Estrene una nueva vida.
Liposucciones del alma. Liftings de corazón.


El anuncio le había llevado hasta allí. Desde que lo leyó, a media página impar en el periódico del jueves, repetía como un mantra su sorprendente oferta: ¿Desengaños? ¿Decepciones? ¡Extirpe lo que le sobra a la vida!
Y él quería extirpar a  Julia. Borrar su rastro de tal modo que sólo el vacío llenara el amor que hasta entonces ocupaba ella.
Tumbado en la camilla y en la penumbra de la consulta, repasaba las instrucciones del doctor Moreno.
—Piense en la persona que desea olvidar. Concéntrese únicamente en su recuerdo. Evoque cuanto sabe de ella.  Llene la mente con su imagen, repita su nombre… Y déjese llevar.
—¿Dolerá?
—Como una inyección a un niño —el médico se rió de su propia broma.
Estaba a punto de enviar al olvido diez años de su vida. Diez años felices, amargos, alegres, vulgares, domésticos, inesperados… Nada les faltó, ni siquiera el amante con el que Julia amenizaba el trabajo las tardes de oficina.
Cuando le habló de Juan, arrepentida, hurgó en aquel nombre que sabía de él más que él mismo.
—¿Qué años tiene? ¿Es alto? ¿Lleva gafas? ¿Ha leído a Joyce? ¿Habla ruso?
Julia respondía a sus preguntas, sin entender su urgente curiosidad. 
—Él no importa —decía—. Sólo fue un error.
—¿Veranea en el mar?  ¿Qué coche conduce?  ¿Le gusta Serrat?
¿Entendería Julia que necesitaba descubrir a dónde se había llevado Juan el resto de su vida?
La conoció en un karaoke. Romántico no fue, aunque ambos estaban en una despedida de soltero. O precisamente por eso. No echaron en falta los dulces ni los corazones y obviaron el pene de látex que adornaba la cabeza de la novia y las tetas de silicona que colgaban de la camiseta del novio. Pero se rieron tanto que las carcajadas les duraron hasta el amanecer y aún les llegaron hasta el desayuno.  Quizás confundió las agujetas con mariposas volándole en el estómago, pero aquella noche se enamoró sin remedio.
Y sin solución.
El doctor Moreno sujetó su brazo,  dispuesto a inyectarle un concentrado de amnesia al 60%.
—¿Listo para olvidarla? —preguntó.
¿Lo estaba? ¿Quería, en realidad, una nueva vida o sólo recuperar la suya, vieja y desconchada?
­—No —dijo con firmeza—. Estoy listo para olvidarlo.
Y llenó su mente con la imagen de aquel Juan que no hablaba ruso ni llevaba gafas, pero tocaba a la guitarra canciones de Serrat.




#historiasdeamor








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Velda Rae

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Fundida en Negro









El miedo es negro y amargo, como debe serlo el café del infierno, imposible de tragar. Como tus manos cuando sales del tajo, con ese maldito polvo que nunca se va del todo, tatuado bajo tu piel. Como tus ojos, tan negros que cuando bajaba al taller, a tientas de oscuridad, sonreía.

--Camino por tus ojos cada día –te decía entonces, besándote los párpados para que me guardaras dentro.

Pero todo se acabó con el accidente, con las operaciones que me rompieron aún más que aquel costero. Ahora me quedo aquí sentado, viéndote beber aprisa una taza de café, saliendo ya, entera, viva, lista para el primer relevo. ¿Puedes prometerme que regresarás esta noche?

Si miro bien, aún veo tus 20 años, cuando creías que yo era lo mejor que te había pasado y soñabas con una casa, dos niños –la parejita es la ecuación exacta de la felicidad— y un amor sosegado.

Ahora sólo despejo incógnitas que tienden al miedo hasta que regresas, negra de ojos y de carbón. Fundida en negro.

Estabas tan orgullosa de haberlo logrado: Ayudante minera a 600 metros bajo tierra. Se te llenaba la boca de risas y a mí, de 600 espantos.

Y besas al aire desde la puerta. Y te despido sin voz.

--Dime que ya no hay costeros. Que no habrá escape de gas ni explosión que te entierren en el infierno. Júrame que no morirás hoy.


#historiasdeamor

Imagen de La Pensadora, de José Luis Fernández.


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Finiquito





Gracias por sus servicios, dijo tras despedirme. Como si no me conociera. Como si no llevara yo un año trabajando para él y él, un año follándome con sus tacones talla 43 y su vestido de puta. Ése que no luce con su esposa.

Mi despedida fue aún más breve. Bastó  un mail a toda la empresa con copia oculta a su mujer. Sin texto. Sólo una foto en que se peina con mimo la falsa melena y me mira desde el deseo. Haz que sea inolvidable, me pidió.

Siempre fui un empleado solícito. Le complací.

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Cocina de autor







Te comería entera.
No quisiste creerme, aunque lo dijera cada vez que mi boca te bebía desde el cruce de tus piernas.
Velo de empeines, bocas en racimo, vientre confitado.
Me creías poeta. Tú imaginabas metáforas, yo, pechos en salmuera.
Léeme tus versos, pediste un día. Y el mordisco se ajustó, preciso, a tus pezones.
Teresa deconstruida, titulé el poema.
Corazón de frutos rojos, lecho de nalgas, muslos en carpaccio.
La rima fue torpe, lo sé, pero a cambio, aún llenas mi despensa.


De Pervertidos (Traspiés, 2012)



Foto: postre de frutos rojos con sorbete y sopa de lichis del Restaurant Compartir.




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Préstamo mutante







--¡Cíclope! ¡Tormenta! --La voz de Lobezno retumbó en la Escuela para Jóvenes Talentos del Profesor Xavier-- ¡Magneto nos tiene rodeados!

Tormenta asomó la cabeza desde la biblioteca.

--¡Joder, qué pelmazo! ¡Ya le dije que no le prestaré Los hombres que no amaban a las mujeres hasta que no termine la trilogía!


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Poseída





Cuando elegí el traje de chaqueta negro modelo Stella Bonasera que hacía años no sacaba del armario ya debería haber sospechado que algo raro me pasaba, pero sólo pensé que era la inspiración del día turbio y nublado que asomaba a mi ventana.


Desayuné aprisa, de pie frente a la mesa de la cocina, desbordante de cartas del banco y publicidad a la espera de convertirse en papel reciclado, sin detectar en mí ninguna otra excentricidad. Pero al salir de casa, inesperadamente, me puse las gafas de sol, a pesar de que ni un rayo conseguía atravesar la masa de nubes que cerraba el cielo sobre mi cabeza.


Al llegar al coche me detuve y antes de activar la apertura automática, separé las piernas, puse los brazos en jarra y me quite las gafas con gesto decidido.


--¿Qué tenemos aquí, señor Wolfe? ¿Una rueda sin aire?


A saber por qué decidí en ese momento ponerle nombre a mi viejo Polo y agacharme a observar el neumático con escrutinio de médico forense.


--Cometiste dos errores --sentencié, inapelable--. El primero, desinflarte; el segundo, no tener en cuenta que yo me ocuparía del caso.


Conduje directamente a la estación de servicio más próxima y busqué al encargado. Me situé frente a él y le di la espalda. Me quité las gafas de sol, las observé como si el resultado de la próxima bonoloto estuviera grabado en sus cristales y alcé la vista en dirección opuesta a donde el tipo esperaba.


--¿La bomba de inflado?


No sé si me oyó, yo seguía mirando hacia la cristalera desde la que se veían los surtidores de gasolina. No contestó.


--Con manómetro.


Ante su silencio, terminé por girar la cabeza y mirarle, en un escorzo imposible.


--Vamos, el tiempo apremia.


El hombre señaló con un gesto desganado hacia fuera. Me puse las gafas, busqué el aparato y, tras inflar la rueda, comprobé la presión.


Cuando todo estuvo en orden, me quité de nuevo las gafas, clavé la vista en el neumático y le advertí:


---No pasará un día de tu vida en que no sientas mi aliento en tu espalda.


Me puse las gafas con decisión, subí al coche y arranqué con un trompo que disparó grava en todas direcciones.


¡¡¡Yeahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!



PS. Ayer me dormí viendo Life, pero en algún momento de la noche AXN programó a traición CSI Miami y he sido poseída por Horatio Caine. ¿Algún Padre Karras entre los presentes?









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Primera Cita II




--dedonde?


--murcia


--madri eda?


--27


--35 como eres?


--morena alta rellenita


--muchas tetas?


--2 capuyo


--k t den


--a ti con un paraguas






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Primera Cita I



--Te llamaré.


Ella le miró a la distancia del beso que acababan de darse.


--No, no me llamarás.


Lo dijo sin rencor, casi con indiferencia. Y él renunció a una despedida sin daños colaterales.


--No –admitió, mientras abría la puerta del automóvil--. No te llamaré.








Foto: Flickr.

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Seis palabras



La Editorial Navona ha convocado en su página web el concurso Un cuento en seis palabras, limitación numérica que se basa en la establecida por Ernest Hemingway en su relato: "Vendo: zapatos de bebé, sin estrenar". Esto, aunque lo parezca, no es el título de la narración, sino la narración completa.


Hemingway creía en la teoría del iceberg y aquí la llevó hasta el límite: “Siempre trato de escribir siguiendo el principio del iceberg. Ëste conserva siete octavas partes de su masa debajo del agua. Uno puede eliminar alguna de las partes que conoce y eso fortalecerá el iceberg. Es la parte que no se deja ver”.


Ha habido varias iniciativas basadas en las seis palabras de Hemingway. Hace unos años, una revista norteamericana propuso a varios autores escribir sus propios micorrelatos y más recientemente, la revista electrónica Smith recogió en el libro No es como lo había planeado (memorias en seis palabras por escritores famosos y oscuros), las mejores autobiografías de sus lectores.


Un ejemplo de la primera: “Era muy caro seguir siendo humano.” (Bruce Sterling)


Y de la segunda: “Reparo retretes, me pagan una mierda.


En esto de escribir, si compartimos la opinión de Julio Cortázar sobre que “la novela se gana por puntos y el cuento, por K.O.”, ¿cómo deberían ganar los relatos híper breves? ¿Por desintegración de un rayo láser? Porque en 30 líneas ya se pueden decir cosas, pero ¿en seis palabras? Y sin embargo, los hay contundentes como un knock-out y definitivos como un láser.


Para mí, el archifamoso y citado microcuento de Augusto Monterroso no entra precisamente en esa categoría: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí." Es sugerente, claro, y muy evocador, incluso poético, pero para contundencia el de Hemingway, que te abre un abanico de posibilidades, algunas dolientes y otras absurdas, según la imaginación de cada cual.


Entre mis favoritos está, sin duda, el relato de ciencia-ficción más breve del mundo: El último hombre sobre la tierra estaba sentado en su habitación. Llamaron a la puerta…”, de Fredric Brown, el de Marciano, vete a casa. Te provoca tal escalofrío en el cuerpo que cualquier cosa que imagines después no te dejará indiferente.


Intentadlo, es adictivo. Al principio cuesta arrancar, pero luego coges carrerilla y no puedes parar de escribirlos. Eso no significa que el resultado sea una obra maestra, pero es divertido. Y eso es lo que cuenta.



Atención al cruce: mundo sin frenos.


Se compran almas. Se venden penas.


Recomendación: doblar la vida sin romperla.


Y llegaron juntos por caminos bifurcados.


Descubrí el tiempo: perdí el reloj.


Cenamos sopa de letras en silencio.


A veces soñaba que seguía vivo.


Velocidad limitada: Dos besos por minuto.




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