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7Siete
Una nueva vida
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Fundida en Negro
#historiasdeamor
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Finiquito
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Cocina de autor
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Préstamo mutante
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Poseída
Cuando elegí el traje de chaqueta negro modelo Stella Bonasera que hacía años no sacaba del armario ya debería haber sospechado que algo raro me pasaba, pero sólo pensé que era la inspiración del día turbio y nublado que asomaba a mi ventana.
Desayuné aprisa, de pie frente a la mesa de la cocina, desbordante de cartas del banco y publicidad a la espera de convertirse en papel reciclado, sin detectar en mí ninguna otra excentricidad. Pero al salir de casa, inesperadamente, me puse las gafas de sol, a pesar de que ni un rayo conseguía atravesar la masa de nubes que cerraba el cielo sobre mi cabeza.
Al llegar al coche me detuve y antes de activar la apertura automática, separé las piernas, puse los brazos en jarra y me quite las gafas con gesto decidido.
--¿Qué tenemos aquí, señor Wolfe? ¿Una rueda sin aire?
A saber por qué decidí en ese momento ponerle nombre a mi viejo Polo y agacharme a observar el neumático con escrutinio de médico forense.
--Cometiste dos errores --sentencié, inapelable--. El primero, desinflarte; el segundo, no tener en cuenta que yo me ocuparía del caso.
Conduje directamente a la estación de servicio más próxima y busqué al encargado. Me situé frente a él y le di la espalda. Me quité las gafas de sol, las observé como si el resultado de la próxima bonoloto estuviera grabado en sus cristales y alcé la vista en dirección opuesta a donde el tipo esperaba.
--¿La bomba de inflado?
No sé si me oyó, yo seguía mirando hacia la cristalera desde la que se veían los surtidores de gasolina. No contestó.
--Con manómetro.
Ante su silencio, terminé por girar la cabeza y mirarle, en un escorzo imposible.
--Vamos, el tiempo apremia.
El hombre señaló con un gesto desganado hacia fuera. Me puse las gafas, busqué el aparato y, tras inflar la rueda, comprobé la presión.
Cuando todo estuvo en orden, me quité de nuevo las gafas, clavé la vista en el neumático y le advertí:
---No pasará un día de tu vida en que no sientas mi aliento en tu espalda.
Me puse las gafas con decisión, subí al coche y arranqué con un trompo que disparó grava en todas direcciones.
¡¡¡Yeahhhhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!
PS. Ayer me dormí viendo Life, pero en algún momento de la noche AXN programó a traición CSI Miami y he sido poseída por Horatio Caine. ¿Algún Padre Karras entre los presentes?
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Primera Cita II
--dedonde?
--murcia
--madri eda?
--27
--35 como eres?
--morena alta rellenita
--muchas tetas?
--2 capuyo
--k t den
--a ti con un paraguas
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Primera Cita I
--Te llamaré.
Ella le miró a la distancia del beso que acababan de darse.
--No, no me llamarás.
Lo dijo sin rencor, casi con indiferencia. Y él renunció a una despedida sin daños colaterales.
--No –admitió, mientras abría la puerta del automóvil--. No te llamaré.
Foto: Flickr.
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Seis palabras
Hemingway creía en la teoría del iceberg y aquí la llevó hasta el límite: “Siempre trato de escribir siguiendo el principio del iceberg. Ëste conserva siete octavas partes de su masa debajo del agua. Uno puede eliminar alguna de las partes que conoce y eso fortalecerá el iceberg. Es la parte que no se deja ver”.
Ha habido varias iniciativas basadas en las seis palabras de Hemingway. Hace unos años, una revista norteamericana propuso a varios autores escribir sus propios micorrelatos y más recientemente, la revista electrónica Smith recogió en el libro No es como lo había planeado (memorias en seis palabras por escritores famosos y oscuros), las mejores autobiografías de sus lectores.
Un ejemplo de la primera: “Era muy caro seguir siendo humano.” (Bruce Sterling)
Y de la segunda: “Reparo retretes, me pagan una mierda.”
En esto de escribir, si compartimos la opinión de Julio Cortázar sobre que “la novela se gana por puntos y el cuento, por K.O.”, ¿cómo deberían ganar los relatos híper breves? ¿Por desintegración de un rayo láser? Porque en 30 líneas ya se pueden decir cosas, pero ¿en seis palabras? Y sin embargo, los hay contundentes como un knock-out y definitivos como un láser.
Para mí, el archifamoso y citado microcuento de Augusto Monterroso no entra precisamente en esa categoría: "Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí." Es sugerente, claro, y muy evocador, incluso poético, pero para contundencia el de Hemingway, que te abre un abanico de posibilidades, algunas dolientes y otras absurdas, según la imaginación de cada cual.
Entre mis favoritos está, sin duda, el relato de ciencia-ficción más breve del mundo:
Intentadlo, es adictivo. Al principio cuesta arrancar, pero luego coges carrerilla y no puedes parar de escribirlos. Eso no significa que el resultado sea una obra maestra, pero es divertido. Y eso es lo que cuenta.
Atención al cruce: mundo sin frenos.
Se compran almas. Se venden penas.
Recomendación: doblar la vida sin romperla.
Y llegaron juntos por caminos bifurcados.
Descubrí el tiempo: perdí el reloj.
Cenamos sopa de letras en silencio.
A veces soñaba que seguía vivo.
Velocidad limitada: Dos besos por minuto.
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