En un lugar de la blogosfera, de cuyo nombre no quiero acordarme...


Yo, que no leo fantasía (al menos, la fantasía de magos, elfos, vampiros, etc.) desde La Historia Interminable, que me aburrió más que un documental de escarabajos peloteros de La 2, me he metido en camisa de trece varas, que las de once se me quedan cortas, y me he empeñado en escribir un relato fantástico para niños. Aspiro a que sea paródico, pero seguramente se quedará en patético.


Os cuento esto, a pesar de que estaréis pensando que a vosotros qué os importa, porque ya he advertido que el blog se me va resintiendo y, sobre todo, para anunciaros que vais a quedar inmortalizados, aunque aún no sé si para la posteridad o para el oprobio.


Estoy en el proceso de elaboración de personajes y dado que mi imaginación es más bien limitada, con el fin de reservar algo para el relato en sí, he decidido no agotarla en la elección de nombres superoriginales de la muerte y dotaros a vosotros, que ya los habéis pensado por mí, de corporeidad narrativa. (Iba a decir literaria, pero eso sonaría engreído).


De momento tengo claros los siguientes Dramatis Personae:


Nebroa: Curandera experta en sanar los dolores del cuerpo y del alma..


Buscador: Anacoreta e iridólogo.


Fiebre: Bruja gótica que prepara sus mejunjes a ritmo de música electrónica.


Tordon Lorz: Sesudo astrólogo y autor del Tratado sobre todas las Cosas que Existen.


Hécuba: Bibliotecaria. Ordena sus libros en dos únicas categorías: Inmutables o Alterables. Estos últimos pueden ser modificados a gusto de cada lector.


Sir Lordo: Anciano bicentenario cascarrabias y agorero.


Theo-Dore: Alcalde y prócer.


Silvo, Edmond y Sergio: Tres traviesos trasgos.



Ya estáis advertidos. Si alguien quiere desaparecer del relato llamado a recibir el próximo Premio Hans Christian Andersen, que lo diga ahora o que calle para siempre.






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