Oviedo ruge de fantasmas




Los fantasmas de Care Santos rugen tanto que se oyen por encima de cualquier fragor o indiferencia. Incluso, sobre el estruendo de otro de sus espectros, que acalla los grititos crepusculares de la Stephenie Meyer (a dios gracias, un vampiro más y emigro a alguna isla desierta a cultivar ajos): Bel, Amor más allá de la muerte, libro que ayer presentó en Oviedo y cuyo título no puede por menos que recordarnos ese amor de Quevedo, que será polvo, mas polvo enamorado.

En la librería
Cervantes, ante una Conchita Quirós convertida en personaje de uno de sus cuentos, como veréis en el video (lamento el pulso, pero no tengo steadicam, lo mío es casero), Care intentaba hablar de Bel pero sus fantasmas rugientes se rebelaban y no dejaban de pedir paso. Pero es que los periodistas somos aún más díscolos que los fantasmas, y si no, que se lo digan a la autora, que en uno de los relatos de Los que rugen confiesa haber matado, harta de sus preguntas, a un becario de la sección de Cultura de La Nueva España, cargante e indocumentado.

A pesar de que lo intenté, no conseguí que Care confesara el nombre de su víctima, aunque entre los colegas hemos organizado una porra que estoy segura de ganar algún día.

Los que rugen es un libro de fantasmas atípico, salvo un par de ellos, los demás, en realidad, no sabemos si viven, si están muertos, si sueñan o si están despiertos. Pero, ¿eso es lo bueno, no? Que nos den la libertad de imaginarlo, incluso, de ponerles fin. Como en el relato Círculo Polar Ártico, donde la inquietud que provoca hace que vayas a mirarte al espejo para comprobar que no eres un espectro. ¿Quiénes son los auténticos fantasmas?

Confieso que empecé con la literatura infantil y juvenil de Care Santos por
Zipi y Zape, quienes no se pierden un volumen de su serie Arcanus; que disfruté de El Dueño de las Sombras y de Dos Lunas, dos historias que, siendo fantásticas, no son fantasiosas. (¿Los elfos y los hobbits serán vulnerables a los ajos?), pero que no me enganché con ella hasta su Trigal con cuervos y, sobre todo, con Aprender a huir, una novela breve que deja un poso inversamente proporcional al número de páginas que la contiene.

Pero si por algo me cae bien Care Santos es porque sigue empeñada en escribir cuentos, ese supuesto género menor con tan mala prensa, pero del que me enamoré a los 14 años leyendo a
Katherine Mansfield y a Oscar Wilde. La crítica más habitual es la de que aspira a ser novela sin llegar a tal categoría, cuando escribir un buen relato es mil veces más díficil que una novela (Y si no, echadle un vistazo a los Premios Planeta). Un buen cuento es denso como el sirope y pesado como un agujero negro, e igual de ignoto. Es un bomba de relojería con un mecanismo bien engrasado. Y siempre te deja dentro una carga de profundidad que no sabes cuándo hará explosión.

¿Alguien puede olvidar a la
infanta del cumpleaños sentenciando, ante el cadáver del bufón con el corazón roto de pena: De ahora en adelante, los que quieran venir a jugar conmigo no deberán tener corazón?

Yo no.

PS. Care, te envío un queso Cabrales si me dices el nombre de tu víctima. Venga, bahhh, y una caja de sidra.


Aquí, la noticia en la prensa de hoy.





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