Amores de papel I


Mi primer amor, como sabéis, fue un marinero ruso, pero en asuntos de amores literarios, el primero fue David John Morton, jefe del Club del Pino Solitario y experto en imitar en canto del avefría. Él tenía 15 años y amaba a otra, una chica perfecta de nombre masculino, Peter, diminutivo de Petronella, lo que explica que no lo usara (yo tampoco lo hubiera hecho).

David, Peter, los mellizos Dickie y Mary, Thomas y Jenny, los primos Jon y Penny, y el scottie Macbeth, llamado así porque ‘había asesinado el sueño’, como el personaje shakesperiano, son los protagonistas de los 20 libros que forman la serie The Lone Pine, de Malcolm Saville, que llenaron el final de mi infancia de espías alemanes, ladrones de ganado, contrabandistas y demás variedades de gente de mal vivir.

Mucho menos conocidos que Los Cinco o la banda de Fatty (Serie Misterios), de Enid Blyton, leerlos te dotaba de un cierto matiz mistérico por los escasos seguidores que tenían y los ritos que era necesario conocer para formar parte de su club. Sus miembros se reunía bajo un pino situado en medio de un claro, en los valles de Long Mynd (Shropshire), cerca de la frontera galesa.

David es hoy, como lo era en 1943, fecha de publicación del primer libro de la serie, un chico al que la guerra, en la que combatía su padre, piloto de la RAF, había hecho madurar antes de tiempo. Parco en palabras, serio y responsable a una edad en la que la mayoría tenemos la cabeza a pájaros, es el defensor de los débiles y el paladín de los necesitados. (Qué políticamente correcta era en mis gustos juveniles) Con su madre y sus hermanos pequeños se traslada al campo para huir de los bombardeos de Londres y allí conoce al resto de los futuros miembros del Club.

Esta tarde he tomado por asalto la parte alta de uno de los armarios de mi casa, donde guardo los libros juveniles que han sobrevivido a los sucesivos ataques de iconoclasia que me sobrevienen periódicamente y reunido los trece (faltaría más que no fueran trece) volúmenes que tengo de la serie. Y me he preguntado, ¿seré capaz de volver a leer, siquiera uno de ellos? ¿O será mejor mantener el recuerdo de lo que fue y, está claro, nunca podrá ser igual 30 años después? ¿Descubriré que, en realidad, David es un repelente niño pijo que se afilió al Partido Conservador, votaba a Margaret Thatcher y trabajaba en la City?

Miedo me da pensarlo.





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