Confesiones lectoras (II)




Con diez años leí mi primera novela de a duro, bolsilibro, pulp, libro de lance…, mil modos diferentes de llamar a aquellas publicaciones de la Editorial Bruguera que abarcaban una amplitud de géneros, desde el policíaco al romántico, pasando por la ciencia-ficción, el terror y el oeste. Medían menos de un palmo y no pasaban de las cien páginas, lo que te permitía dar buena cuenta de ellas mientras te zampabas el bocadillo de foi-gras, que aún no se llamaba paté.


Las descubrí a través del género peor valorado, lo cual tiene su mérito, porque en aquellos años todos estaban a la altura del subsuelo, pero el género romántico ocupaba el sótano -5. Una semana de vacaciones en casa de unos parientes donde el único papel impreso a mi alcance eran montones de novelistas de amor de Carlos de Santander me arrojó en brazos de aquellas “nenas indolentes que expelían volutas de humo, recostadas en sus virginales lechos ,mientras echaban chispas por los ojos al mirar al hombre que pretendía dominarlas”. (Suspiro, suspiro, suspiroooooooooooo).

De Santander pasé a Corín Tellado, que, la verdad, no me duró mucho, porque a pesar de Vargas Llosa y demás defensores de su obra, me aburría soberanamente. El apartado romántico de Bruguera sólo me deparó agradables y, en general, divertidas lecturas gracias a María Teresa Sesé, autora que necesitaría una urgente reivindicación como la que se está impulsando ahora de los autores bruguera de otros géneros.

Si bien en la década de los sesenta todas las historias románticas estaban lastradas por una carga de moralidad cristiana y franquista que, hasta a mí, que era una cría, me parecía gazmoña y mojigata, en los setenta algunas de esas historias empezaron a mutar. Las mujeres ya trabajaban fuera del hogar, casarse no era su único objetivo en la vida y sus relaciones con los hombres eran joviales y equilibradas, cada vez un poco más lejos de los ejemplificantes melodramas de años anteriores. Y María Teresa Sesé fue una de las primeras en iniciar ese camino.

Una vez descubierto el filón, me pertreché de un adecuado stock de ejemplares que cambiaba periódicamente, porque la paga semanal no daba para alimentar nuestra voracidad lectora más que cambiando novelas y tebeos en kioscos y chamarilerías. Aún hoy pervive algún sitio donde si llevas una de estas novelas te dejan elegir otra por unos céntimos, como El Fontán, los domingos.





Y entonces leí mi primera novela de ciencia-ficción. Ni Bradbury, ni Asimov, ni Huxley… Keith Luger. Año 2000: fin del mundo. Y si después fui capaz de llegar a esos otros autores fue gracias a Miguel Oliveros Tovar, un abogado y funcionario del Ayuntamiento de Valencia que en 1963, según la Unesco, era el tercer escritor en lengua española más traducido en el extranjero. Mi segunda novela de ciencia-ficción fue El monstruo de un billón de cabezas, de Glenn Parrish (o lo que es lo mismo, Clark Carrados o Luis García Lecha, su auténtico nombre), inspirada en Amos de títeres (The Puppet Masters), de Robert A. Heinlein.

Tardé muchísimos años en descubrir que detrás de todas aquellas firmas anglosajonas había nombres de lo más autóctonos, Antonios, Migueles, Enriques y Luises, y hasta Ángeles y Victorias, pero en Bruguera debían de pensar que nadie que se llamara José podría firmar una trama policíaca o de terror con la credibilidad que se requería.

De entre aquella impresionante plantilla de profesionales capaces de escribir hoy una novela del oeste y la semana que viene una de terror sin atragantarse una coma, fui quedándome con mis favoritos. De las novelas del oeste (las que menos leí porque los duelos al sol me daban grima) y con permiso de Marcial Lafuente Estefanía, el patriarca de los cowboys, mi preferido era Keith Luger, quien compartía con Lou Carrigan (Antonio Vera Ramírez) ese panteón de mis favoritos también en el género policíaco.


Luger me gustaba, sobre todo, por su sentido del humor. Sus protagonistas nunca eran monolitos de dureza ni sapiencia, sino simpáticos caraduras que siempre se salían con la suya. Algo que reencontré años después en la obra de teatro que firmó con Juan Alfonso Gil Albors, Muy alto, muy rubio, muy muerto, y que aún hoy se representa por los teatros nacionales.

Los personajes de Lou Carrigan, sin embargo, eran duros como talla de diamante y tan eficientes que a uno, en su mediocridad, le provocaban escalofríos. De entre sus novelas, yo no me perdía una de Brigitte Baby Montfort, su personaje estrella. Una periodista y espía de la CIA tan hermosa (como apreciaréis por los impresionantes dibujos de José Luiz Benicio) que noqueaba a los malos de turno con sólo parpadear. Y encima la niña tenía un novio cuyo nombre en clave era Número Uno, que, claro, era el súmmum de la perfección masculina hecha agente secreto.

Las novelas de terror me solían dejar fría, ni Curtis Garland (Juan Gallardo Muñoz), ni Clark Carrados (Luis García Lecha), ni Silver Kane (Francisco González Ledesma, Planeta 1984 con Crónica sentimental en rojo), ni tantos otros consiguieron que me creyera aquellas historias de monstruos varios.

Pobres, no era culpa de ellos, hoy me sigue pasando lo mismo con Stephen King, así que debe ser que me falta algún gen fundamental para sentir escalofríos con muertos vivientes, fantasmas y demás fauna ectoplásmica.


Mis pasiones viajaban en naves intergalácticas, a veces divertidas, otras apocalípticas, y hasta, en ocasiones, sorprendentemente metafísicas. Junto con Ralph Barby (seudónimo bajo el que escribía el matrimonio formado por Rafael Barberán y Àngels Gimeno), Kelltom McIntire (José León Domínguez Martínez), Marcus Sidéreo (María Victoria Rodoreda Sayol) y A. Thorkent (Ángel Torres Quesada), estaban mi Keith Luger (por cierto con unas heroínas de armas tomar, no importaba que vivieran a este lado del Mississippi o en el asteroide B612) y sobre todo, Glenn Parrish, mi favorito absoluto en esto de los viajes en el hiperespacio. Su novela Yo, mono, con viajes a la velocidad de la luz, cambios de cuerpo y trasplantes de cerebro incluidos, aún me tiene obnubilada, más de 30 años después.

Que increíble prodigio de imaginación y artesanía derrocharon todos ellos. Y cuánto les agradezco haber sido el principio de tantas horas de lectura que llegaron después.


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