Cyrano (II)



Hercule-Savinien de Cyrano de Bergerac existió de verdad en un siglo XVII francés, a caballo entre Luis XIII y Luis XIV, marcado por el absolutismo más puro (“El Estado soy yo”) y la Guerra de los Treinta Años, aunque también por las primeras luces que encendía el racionalismo cartesiano de Descartes.

El Cyrano real fue dramaturgo, poeta, mosquetero, fanfarrón, pendenciero y cínico, entre otro montón de cosas, y también, según los retratos, ciertamente “un Ovidio Nasón mal narigado”, que diría otro cínico como Quevedo. No existe constancia de que se enamorara de ninguna prima ni tuviera un camarada de armas que se llamara Cristián, aunque se sabe que participó en el sitio de Arras y que murió a los 36 años como resultado de un accidente nunca aclarado del todo.

Con su Viaje a la Luna y la Historia cómica de los Estados e imperios del Sol, Cyrano se convirtió en precursor de la literatura de ciencia ficción al relatar (casi) el primer viaje interestelar de la historia, dos siglos antes que Julio Verne y tres de que el Apolo XI lo hiciera real. Edmond Rostand recogería en su Cyrano de Bergerac las diversas maneras de viajar a la luna mencionadas en esa obra y lo haría por boca del propio Cyrano, quien retendría así, cual imposible Scherezade, al Conde de Guiche, empeñado en impedir la boda de Cristián y Roxana.


¿Quién no conoce esa historia de amor imposible inventada por Rostand y que ha hecho de Cyrano un mito inmortal, la personificación del amor incondicional, capaz de sacrificarse por la felicidad del ser amado, aunque eso vaya en contra de sí mismo?


“¿Recordáis? Bajo el balcón
Cristián de amor os hablaba,
yo, en la sombra, le apuntaba,
esclavo a mi condición.
Yo debajo, a padecer
y con mis ansias luchar,
otros arriba, a alcanzar la gloria,
el beso, el placer.
Es ley que aplaudo juicioso
con mi suerte en buen contento
porque Moliére tiene genio,
porque Cristián era hermoso”.

Ahora, la editorial Rey Lear ha editado 16 cartas de amor del auténtico Cyrano, traducidas por primera vez al castellano:

“Señora:
Te veo sólo a medias porque te quiero demasiado, ¡y piensas verme demasiado porque no me quieres más que a medias!”


……………………………
“El corazón es un lugar, al contrario que otros, que no se puede guardar si antes no se le ha prendido fuego”.
………………………………………
“Todo lo que deseo para mí, oh mi bella señora, es que, a fuerza de pasear mi libertad dentro de estos pequeños laberintos de oro que os sirven de cabellos, termine pronto por perderla allí y, cuando la haya perdido, no la recupere jamás: es todo lo que deseo. ¿Querríais prometerme que mi vida no será en absoluto más larga que mi servidumbre? ¿Y que no os enfadaréis cuando diga para mis adentros: Hasta la muerte?”



Como dice David Felipe Arranz en el prólogo, las cartas que Rostand recrea en su obra se asemejan a los usos amorosos de las verdaderas cartas de Cyrano y no las desmerecen:

“ … Sé que este sentimiento
que me invade terrible, y me azota violento,
es amor: tiene todo su furor de conquista,
pero no es, sin embargo, un amor egoísta.
Por saberte dichosa, yo mi dicha perdiera,
aunque tú no llegaras a enterarte siquiera,
con tal de contemplar, de lejos, un minuto,
una sonrisa tuya de mi desdicha fruto.
…………………………………………..
¡Oh Dios, qué noche! Nunca soñé con algo así.
Yo os hablo a vos, y vos, vos me escucháis a mí.
Ni en mi ambición más alta, ni en la menos modesta,
esperé lograr tanto. Ahora sólo me resta
morir, pues es mi aliento el que aviva tus llamas
y hace que te estremezcas de amor entre las ramas".

Personalmente, y aunque adore a los dos Cyranos, no puedo perdonarle al Cyrano teatral que no peleara por Roxana o que, en su defecto, la mandara a tomar viento fresco por superficial y caprichosa. Porque engaño tan endeble como el que urden los dos hombes no podía sostenerse en el tiempo más que con la cómoda ceguera de Roxana, deslumbrada por el aspecto físico de Cristián.

¿Y Cyrano? ¿Era de verdad amor incondicional? ¿O simple cobardía, miedo al rechazo? Estos días yo también me recuerdo que no intentarlo por miedo al fracaso es como suicidarse por miedo a morir.


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