Vergüenza


A veces, mi profesión da verdadero asco y tienes que coger el periódico (cualquiera) con la prevención de quien manipula un arma de destrucción masiva.
Hace años, cuando para mi desgracia me ocupaba de la sección de sucesos de La Voz de Asturias, me harté de discutir, sin éxito, por el empeño de algunos jefes en publicar en primera plana una gran foto a todo color del último accidente de coche, con el ocupante aún sin ser evacuado o, todavía peor, con el cadáver a la espera del juez de guardia. Mi argumento era simple y creo que inapelable:
--Si fuese tu padre o tu hijo o tu marido/esposa quien iba en ese coche, ¿qué opinarías de esa foto?
Hace pocas semanas, el ABC consideró que la dignidad de una anciana rescatada de una residencia de mayores no era algo que debiera estropear una imagen que en lugar de impactar por el siniestro lo hacía por la vergüenza ajena que provocaba en cualquier persona con un mínimo de sensibilidad.
Aquí tenéis la foto, modificada, para que imaginéis como le debió quedar el cuerpo a su familia cuando vio semejante portada en todos los quioscos del país.




El mismo ABC (no tengo nada contra él, este mal es endémico de todos los medios de comunicación) se lucía no hace mucho con ese titular: “La mirada del asesino de una niña de tres años” junto a la foto de un joven acusado y condenado por la opinión pública, tras un cúmulo de sinsentidos ,de la muerte de la hija de su novia.




Este caso en concreto a mí me provocó escalofríos por motivos personales. Cuando Zipi tenía un año, los médicos descubrieron que tenía una fractura de cráneo cuya causa todo el mundo desconocía y cuya existencia ignorábamos. Durante unas horas fui considerada una madre maltratadora, sin más pruebas que la fractura ,por el equipo de urgencias del hospital, cuyo trato prefiero olvidar porque bien está lo que bien acaba, pero que me mostró lo fácil que es sacar conclusiones apresuradas. Y los periodistas, bien sea por falta de preparación (ay la precariedad laboral), por presiones del staff, por prisas o por comodidad, tendemos demasiado a ello.
De nuevo estos días, con el caso de la adolescente de Seseña hallada muerta se me han puesto los pelos de punta con algunas noticias que leo (pocas, porque desde mi época en sucesos no llevo bien este tipo de informaciones).
Ya no es sólo que la presunta culpabilidad de su compañera cada vez sea menos presunta para algunos colegas, sino que ahora resulta que la moda gótica o las redes sociales son indicio de psicopatía, adjetivo con el que la han calificado ya en más de un medio.
Niña con perfil de asesina, titulaba La Nueva España hace unos días. Y no se corta en afirmar que “Las redes sociales son un ingrediente común en los crímenes con adolescentes de por medio. Sucedió, por ejemplo, con el caso de Marta del Castillo”. Idea en la que redunda al recordar que “la joven asesinada en el barrio ovetense de Vallobín, María Luisa Blanco, y todos los imputados por su asesinato también eran asiduos de las redes sociales. Mientras su cuerpo permanecía descuartizado en la nevera, uno de sus presuntos asesinos intentaba ligar con chicas en Tuenti.”
Ahora resulta (bueno, ahora no, conozco a más de uno que lo cree desde que se ha popularizado) que Internet es un reducto de psicópatas asociales que se conectan a la red pensando únicamente en cómo descuartizar al primero que se encuentren.
Si se descubriera de pronto que varios asesinos escribían un diario de modo habitual, ¿considerarían entonces que los diarios son un factor de distorsión mental? Estoy segura de que el 99% de los delincuentes del mundo tienen carné de conducir, ¿no debería constar eso como un elemento recurrente en sus delitos? Sólo recuerdo una noticia en la que los titulares, por lo llamativo del caso, nos informaran del ladrón que acudió a atracar un banco en taxi y le pidió al taxista que le esperase mientras hacía su gestión.
Y seguro que se toman un café de cuando en cuando en el bar de la esquina y hasta leen la prensa.
¿No será más bien, que por su edad, los adolescentes se sirven de las diversas herramientas de la red, como lo hacen del móvil o de cualquier otro gadget que se invente? ¿No será que quien es capaz de delinquir lo es, independientemente de las redes sociales que visite, los diarios que escriba, los vehículos que conduzca o los cafés que se tome?
Internet no es la causa, es sólo un rastro más del efecto. Si alguien es violento lo será en su casa, en el bar y en la red. Y que haya siquiera que decirlo resulta increíble.


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