publicado por
Velda Rae
Lost in translation
Este
año he tenido unos Reyes Magos muy atípicos, pero de lo más entregados a la
causa de la Navidad y de esos reencuentros familiares que promueve un clásico
anuncio de estas fiestas. Tras tantos años de ni vernos ni hablarnos que mejor
ni echo la cuenta, la red social más nutrida y rompewebos que conzco, el
Facebook, me ha devuelto a uno de mis primos rusos, al mismo tiempo que el
Skype ha hecho lo mismo con otro de esos parientes lejanos que antes vivían en
la Unión Soviética y ahora, por esos misterios de los mapas políticos, lo hacen
en Ucrania, sin que sus respectivas viviendas se hayan movido ni un kilómetro
de su emplazamiento original.
Este
regalo, que agradezco como debo, me ha convertido, sin embargo, en una adicta
al google translator, porque yo, de ruso, para qué os voy a engañar, aparte de
blini, spasiva y dasvidania, sé lo mismo que vosotros. Y comunicarse así en el
face, es relativamente fácil, pero en el skype y en medio de una videollamada,
no veáis qué lío es pensar, escribir, traducir y leer con mi ruso macarrónico,
para después encomendarme a todos los santos para entender al menos la mitad de
la respuesta.
El
inglés, a pesar de que sólo chapurreamos el idioma de Shakespeare, es un
territorio común en el que, al menos, no naufragamos. Pero estos días no puedo
dejar de pensar en para cuándo las nuevas tecnologías que han traído a mi vida
el facebook, el skype, internet y los ordenadores, harán posible el chip
translator que, implantado en la parte de mi cuerpo que sea menester, traduzca de
modo instantáneo cualquier idioma que entre por mis oídos.
¡¡помощи!!
Que según el google translator se lee pomoshchi y significa ¡¡socorro!!!
publicado por
Velda Rae
De entrevistas y entrevistados

Es
curioso esto de hacer entrevistas. Ahora, al menos, aunque seas un lerdo en
cuanto a la biografía del entrevistado, existe la Wikipedia y San Google para
suplir tus carencias, pero no hay nada que supla a un interlocutor más seco que
la mojama o con menos ganas de responder preguntas que Dalton Trumbo ante el
Comité de Actividades Antiamericanas. Algo, que por lo que se ve, no fue lo que
le ocurrió a Juan José Millas con Felipe González.
Uno
elabora el requerido cuestionario con más o menos amor y cuidado, dependiendo
de a quién le toque asaltar con preguntas a veces tan íntimas como si lo
conocieras de toda la vida (de ésta y de alguna otra), sin saber nunca qué será
de ellas. Los hay que con la primera ya tienen bastante y las demás te las
tienes que comer con patatines porque la verbosidad es tal que te cae encima
como una losa que te asfixia sin dejarte oportunidad alguna para escapar. Como
mucho consigues colocar un aha o un pero que no pasan de ahí, mientras piensas: ¡Horror! ¿Y qué hago yo con
esto?
Otros,
por el contrario, despachan 20 preguntas en diez minutos y te ves obligado a
improvisar sobre la marcha cualquier cuestión, sea profunda o baladí, con la
desesperación de saber que te esperan dos páginas tamaño sábana que no sabes
cómo llenarás.
Hace
poco tuve la mala suerte de encontrarme con uno de estos (un renombrado escritor que tardé menos y nada en eliminar de mi biblioteca), y digo mala porque si
la verborrea es terrible, la parquedad es aún peor. Cuando te encuentras
charlando con alguien con el aspecto de estar aburriéndose como una ostra, que
no recoge ni los guiños ni los guantes y que te mira como si fueras
transparente, lo único que te apetece es ponerle la grabadora de sombrero y
recordarle que nadie le obliga a estar ahí. A mí sí, que como de esto, y por
eso, claro, aún no le he estampado la grabadora a nadie en el occipital.
Cuando
son telefónicas, la cosa es más llevadera. Siempre puedes matar el rato
resolviendo un crucigrama o, como cuentan mis compañeros que hice alguna vez en
aquella Voz de Asturias de hace 20 años (por más que yo no lo recuerde),
limándote las uñas.
Aunque en esto de las entrevistas, la más curiosa que me tocó
fue la que le hice a un ex director general de la cosa del medio ambiente que,
para mi desgracia, venía acompañado del entonces presidente del Principado.
Hasta ese momento yo pensaba que los espontáneos eran sólo cosa del toreo, pero
allí mismo descubrí que florecen en todos los campos, porque me encontré con
que a cada pregunta mía obtenía dos contestaciones: la del ex director y la del presidente. Y eso que siempre le acusaron de dirigir un Gobierno falto de
respuestas.
¡Qué engañados estaban!
¡Qué engañados estaban!
publicado por
Velda Rae
Barrio 'low coast'

El
barrio en el que vivo no es ninguna pradera, desolado paisaje de antenas y de
cables, cantaba Joaquín Sabina. El mío, mi barrio, ese en el que nací y al que
el péndulo de la vida me ha devuelto, es desolado y tiene antenas y cables,
pero también tiene un paisanaje que a veces me hace creer que vivo en un Cicely
pasado por la cámara de Fellini. Cuando pienso que ya no puedo topar con nadie
más raro, ¡zas!, algún vecino me demuestra lo equivocada que estoy.
La
señora M…, con quien comparto dos patios interiores y resoplidos en la escalera
cuando coincidimos en la empinada ascensión, tiene la costumbre de salmodiar
cada mañana en el cuarto de baño una inquietante letanía, mezcla de oración y
de conjuro santero, que, lo confieso, me pone la carne gallina. Saca el mal de
su cuerpo, Señor, no permitas que entre el pecado, Señor, ayúdale en su camino,
Señor… Todo esto (y más, porque la cosa dura bastante) salpicado de suspiros y
quejidos que ya me ponen, directamente, los pelillos de punta.
El
señor R…, y digo señor porque, a pesar de sus prácticas que ahora conoceréis,
tiene aspecto de no cumplir ya los 35, comparte vivienda con varias
generaciones de una familia más que numerosa, por lo que tiene por costumbre
llevarse a su novia a retozar a la furgoneta. Esta afición no tendría nada de
rara si la susodicha furgoneta estuviera aparcada en el Naranco o en algún otro
lugar igual de solitario y asilvestrestrado, pero la furgoneta está en mitad de
una plaza peatonal por la que circula medio barrio y a la que se asoman
demasiadas ventanas. Y el señor R… no es de los que conocen la palabra
discreción. Supongo que sus preferencias por el sexo motorizado se deben a un
problema de espacio en su hogar, aunque bien podría ser aficionado al riesgo y
a la exhibición. Vete a saber.
Ya
curada de espantos, pensaba yo, anoche me sorprendió descubrir una nueva
utilidad del portero automático, ignorada hasta entonces por mí.
Desconozco
quien de mis encantadores vecinos decidió ponerse a retransmitir, a las once de
la noche y a grito pelado, la hogareña estampa que ofrecía su salón a esas
horas. Era mujer y por sus comentarios, una potencial tertuliana de Sálvame,
tanto que estuve en un tris de convertirme en su agente y negociarle un
contrato con Jorge Javier.
Ahora
encienden la tele, María se levanta y va a mear. José cambia de canal… ¡Nooo!
¡No llaméis a la policía! ¡Socorroooo! Ahora me quiere pegar, qué mala persona.
¡Oeeeee! ¿Hay alguien ahí fuera? ¡¡No quiero callarme!! ¡¡Dejadme en paz!!
¿Quién
dijo que mi barrio era low coast? ¡Si es de lo más high coast! Pero en
chifladura.
Foto de mrfanjul
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Velda Rae
Multitarea

Soy de otra generación, no me queda otro remedio
que admitirlo. De una limitada y poco preparada para la vida de este siglo XXI,
al contrario que esa a la que pertenecen mis hijos, multitarea y funcional,
como las modernas impresoras-scaner-fotocopiadoras-fax y qué se yo cuántas
cosas más, todas en un mismo paquete. A mí, que me cuesta un triunfo escribir
algo más serio que la lista de la compra con música de fondo, me admira y me
sorprende contemplar a mis retoños leer a Harry Potter con el
mp3 atronando Linkin Park en sus oídos, al mismo tiempo que vigilan que ningún
monstruo volador masacre a su personaje, inmerso en el mundo virtual del video
juego de moda.
Yo, me temo, terminaría por empeñarme en que mi
valiente arquero lanzara hechizos alojomora a diestro y
siniestro y si consiguiera sumergirme en la lectura de las tribulaciones del
joven mago dejaría de escuchar, ipso facto, cualquier música que estuviera
sonando. Y viceversa.
¿Cómo lo hacen? Ni puta idea, pero ya me gustaría
saberlo. Así sería capaz de planchar, escribir y ver una película a la vez, y
multiplicar por tres mi tiempo. Y eso, para una gran procrastinadora como yo,
sería un lujo impagable. Claro que luego derrocharía esas horas de más en
tumbarme a la bartola a ver la vida pasar, con lo que mi productividad no
serviría para nada, desde un punto de vista macroeconómico. Pero ya desde mis
lejanos tiempos de la Facultad de las Ciencias de la Información se me daba
fatal lo de la micro y la macroeconomía. Así que supongo que seguiré haciendo
mis tareas de una en una y cuando se tercie, de cero en cero, que para eso una
cree en la teoría de dejar para mañana lo que se pueda hacer hoy.
Qué tranquilidad de espíritu da conocerse tan bien
una misma y comprender que, en mi caso, genética, generación y galbana son tres
patas de una misma pereza intrínseca.
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Velda Rae
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