Hopeless




Cínica e hipócrita

esperanza.

Observadora tenaz

e irreverente.

Fugaz.

Triste esperanza

mortal.







Foto: John Rune Enstad

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Velda Rae

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Oviedo Innova



Oviedo Innova

Oportunidades I+D+i y eCiudad


Lugar: Cibercentro de la Lila (C/La Lila, 17 - 33002 Oviedo).

Fecha: 14 y 15 de abril de 2010.


Miércoles 14 de abril de 2010


18:30 horas. Encuentro de blogs ovetenses


Blogs escritos desde Oviedo analizan la actualidad tecnológica, la situación del medio ambiente, los problemas vecinales... El encuentro contará con varias personas que generan, a diario, conversaciones sobre temas variados, entre ellas, qué cosas, una servidora, que no sé si genero nada, pero me han invitado.




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Velda Rae

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Vergüenza


A veces, mi profesión da verdadero asco y tienes que coger el periódico (cualquiera) con la prevención de quien manipula un arma de destrucción masiva.
Hace años, cuando para mi desgracia me ocupaba de la sección de sucesos de La Voz de Asturias, me harté de discutir, sin éxito, por el empeño de algunos jefes en publicar en primera plana una gran foto a todo color del último accidente de coche, con el ocupante aún sin ser evacuado o, todavía peor, con el cadáver a la espera del juez de guardia. Mi argumento era simple y creo que inapelable:
--Si fuese tu padre o tu hijo o tu marido/esposa quien iba en ese coche, ¿qué opinarías de esa foto?
Hace pocas semanas, el ABC consideró que la dignidad de una anciana rescatada de una residencia de mayores no era algo que debiera estropear una imagen que en lugar de impactar por el siniestro lo hacía por la vergüenza ajena que provocaba en cualquier persona con un mínimo de sensibilidad.
Aquí tenéis la foto, modificada, para que imaginéis como le debió quedar el cuerpo a su familia cuando vio semejante portada en todos los quioscos del país.




El mismo ABC (no tengo nada contra él, este mal es endémico de todos los medios de comunicación) se lucía no hace mucho con ese titular: “La mirada del asesino de una niña de tres años” junto a la foto de un joven acusado y condenado por la opinión pública, tras un cúmulo de sinsentidos ,de la muerte de la hija de su novia.




Este caso en concreto a mí me provocó escalofríos por motivos personales. Cuando Zipi tenía un año, los médicos descubrieron que tenía una fractura de cráneo cuya causa todo el mundo desconocía y cuya existencia ignorábamos. Durante unas horas fui considerada una madre maltratadora, sin más pruebas que la fractura ,por el equipo de urgencias del hospital, cuyo trato prefiero olvidar porque bien está lo que bien acaba, pero que me mostró lo fácil que es sacar conclusiones apresuradas. Y los periodistas, bien sea por falta de preparación (ay la precariedad laboral), por presiones del staff, por prisas o por comodidad, tendemos demasiado a ello.
De nuevo estos días, con el caso de la adolescente de Seseña hallada muerta se me han puesto los pelos de punta con algunas noticias que leo (pocas, porque desde mi época en sucesos no llevo bien este tipo de informaciones).
Ya no es sólo que la presunta culpabilidad de su compañera cada vez sea menos presunta para algunos colegas, sino que ahora resulta que la moda gótica o las redes sociales son indicio de psicopatía, adjetivo con el que la han calificado ya en más de un medio.
Niña con perfil de asesina, titulaba La Nueva España hace unos días. Y no se corta en afirmar que “Las redes sociales son un ingrediente común en los crímenes con adolescentes de por medio. Sucedió, por ejemplo, con el caso de Marta del Castillo”. Idea en la que redunda al recordar que “la joven asesinada en el barrio ovetense de Vallobín, María Luisa Blanco, y todos los imputados por su asesinato también eran asiduos de las redes sociales. Mientras su cuerpo permanecía descuartizado en la nevera, uno de sus presuntos asesinos intentaba ligar con chicas en Tuenti.”
Ahora resulta (bueno, ahora no, conozco a más de uno que lo cree desde que se ha popularizado) que Internet es un reducto de psicópatas asociales que se conectan a la red pensando únicamente en cómo descuartizar al primero que se encuentren.
Si se descubriera de pronto que varios asesinos escribían un diario de modo habitual, ¿considerarían entonces que los diarios son un factor de distorsión mental? Estoy segura de que el 99% de los delincuentes del mundo tienen carné de conducir, ¿no debería constar eso como un elemento recurrente en sus delitos? Sólo recuerdo una noticia en la que los titulares, por lo llamativo del caso, nos informaran del ladrón que acudió a atracar un banco en taxi y le pidió al taxista que le esperase mientras hacía su gestión.
Y seguro que se toman un café de cuando en cuando en el bar de la esquina y hasta leen la prensa.
¿No será más bien, que por su edad, los adolescentes se sirven de las diversas herramientas de la red, como lo hacen del móvil o de cualquier otro gadget que se invente? ¿No será que quien es capaz de delinquir lo es, independientemente de las redes sociales que visite, los diarios que escriba, los vehículos que conduzca o los cafés que se tome?
Internet no es la causa, es sólo un rastro más del efecto. Si alguien es violento lo será en su casa, en el bar y en la red. Y que haya siquiera que decirlo resulta increíble.


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Nunca caminaremos solos








40 nuevos despedidos en La Voz de Asturias, un año después de que otros doce se fueran a la calle. El sábado fue la despedida, una despedida que no es tal porque los que hemos trabajado en ese diario nunca nos vamos del todo.
Todos los periódicos se escriben, muchos se leen, pero pocos se viven. Por eso los de La Voz nunca caminamos solos. Vayamos donde vayamos.



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Repostería astur-soviética (rusa, ya, ya)








Todos habréis oído hablar de crêpes, panqueques y frixuelos, incluso, hasta habréis probado alguna o todas esas variedades de un mismo postre basado en una masa de leche y harina de diferente espesor, a gusto del consumidor y de la zona geográfica en que viva, que, una vez apelmazada, se fríe cual tortilla francesa y, si se es un virtuoso de la sartén, hasta se le puede dar la vuelta lanzándola al aire y quedando como dios si el producto final no es un techo o un suelo entafarrados. Pero estoy segura de que hasta hoy no sabíais que existía el blínchiki, resultado de la fusión culinaria del frixuelo y el bliní.

El blínchiki lo inventé yo con seis años pero no lo elevé a la categoría de arte hasta la adolescencia, con innumerables tardes de domingo buscando el equilibrio ideal entre leche y harina, azúcar y sal (aunque sean dulces, deben llevar una pizca de sal para que sean perfectos), huevos y burbujas fermentadoras.

El frixuelo es ligero porque lleva más leche y su diámetro es grande como una tortilla, mientras que el bliní es más pesado por llevar más harina, pero es diminuto como una tortita americana. Mi blínchiki tiene el tamaño del frixuelo (vamos, cuanto más grande mejor) y la espesura del bliní, o sea, gordo regordo. ¿Resultado? Una bomba calórica y saciante de la que es difícil llegar a comer más de tres seguidos en períodos de menos de 24 horas.

Eso, claro, si no sois miembros de mi familia. La Mari (mi hermana mayor, la sensata y ahora pater familias de esta familia sin pater ni mater ni perrito que nos ladre) y yo perfeccionamos a los 15 años (yo) y algunos más (ella) la capacidad ilimitada de ingerir blínchikis como si se trataran de livianas hojas de lechuga.

Armada de delantal, espumadera y dos sartenes (para que la producción fuera más rápida y no se enfriaran los primeros antes de freír los últimos) me gané mi lugar en el sol (o en el Libro Guiness de los Récords, que viene a ser lo mismo) llegando a los 20 blínchikis por merienda. Lo malo es que la merienda era para dos y como sé que sois listos y sabéis dividir, ya habréis deducido que tocábamos a diez por estómago.

Los blínchikis, además, no se comen espolvoreados con azúcar, sino que se embadurnan a conciencia de la mayor variedad posible de mermeladas, si hay una diferente por cada blínchiki, mejor que mejor.
Cuando iba más o menos por la docena, Mari, la sensata, apuntaba:

--¿No serán ya suficientes?

Yo, ni caso. Seguía con mi duplicado de sartenes y platos, y sacudía la espumadera con decisión.

--Na, na, con estos no tenemos ni pa’un diente.

A los 16, Mari ya me miraba de medio lado:

--No vamos a poder con todos.

Yo, inasequible al desaliento, seguía dándole a la espumadera.

--Luego no cenamos, mujer.

A los 20, la pobre, gritaba:

--¿¿Es que todavía vas a hacer más??

Y yo me hacía la ofendida.

--Si te vas a poner así, paro ya ¿eh?

En mi casa nos tenían muy bien educadas y nunca dejábamos nada en el plato, así que si yo hacía 20, 20 que nos zampábamos. (Por si alguien lo estaba pensando)

El día que la Mari y yo decidimos poner fin a las meriendas de domingo, mis padres nos encontraron agonizando en el sofá, tras haber terminado con las existencias de bicarbonato de mi casa y con tal indigestión que creo que desde entonces mi hermana no ha vuelto a probar un frixuelo, crêpe o panqueque, y aún menos, un blínchiki. De hecho, todavía hoy digo blínchiki y se le pone la cara verde. Siempre fue muy delicada.

Yo, que soy más bruta que un ‘arao’, no sólo reincidí, sino que inventé el pastel de blínchikis, que es algo parecido a esa montaña de frixuelos que el gato de la foto observa con gula lujuriosa, pero con mermelada intercalada (como las haches ). Por eso ahora mismo estoy al borde de la muerte, cual boa deglutiendo a una elefante y tirándome de los pelos porque no queda ni un nanogramo de bicarbonato en mi dulce hogar desbicarbonatado.

¿Alguien me prestaría una tacita? ¿O me haría el favor de llamar al 112? ¿Pronto?



Foto del blog El mundo de losGatos

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Sin palabras


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