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Velda Rae
Las tres vidas de Gabo

Dice Gabriel García Márquez que toda persona tiene tres vidas: la pública, la privada y la secreta.
¡ Y yo que no doy abasto con una!
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Velda Rae
Disrupciones orales

Las
conversaciones con la Mari (mi sensata hermana mayor) y con esas amigas con las
que comparto fecha de nacimiento empiezan a ser dignas de estudio por la
criptología. La cosa suele empezar con normalidad, pero antes de los diez
minutos alguna, irremediablemente, dirá algo parecido a esto:
--Ayer
me encontré con... mmmmm... aquella chica que trabajaba en una tienda ...
uhummmm... mujer, esa donde compramos aquellas lámparas para regalarle a
....coño, ¿no sabes quién te digo?
Y
tú, claro, no tienes ni idea, pero pones todo tu empeño colaborador por
descifrar el puzle.
--¿Te
refieres a aquélla que siempre nos hacía descuento y que era prima de no sé
quién y no hacía más que presumir de las vacaciones que se pegaba en las islas
... Canarias? ¿O eran las Baleares?
--¡No,
coño! Esa fue la que nos recomedó .... ¿al fontanero? ¿al electricista... ?
Bueno, qué sé yo, pero no era esa.
--¿Dices
aquélla que paraba mucho por... por el pub que está en la calle esa donde el
muro... que íbamos mucho cuando tú salías con Pedro... o con Jose...?
--No,
digo la que sacó aquellas oposciones a no sé qué y tuvo que irse al sitio ese
donde el cocido de garbanzos se come al revés.
--Pues
chica, ni idea. Vamos a tomar otro...grrrrrrr... otro de esos que vienen de La
Rioja en botella a ver si nos entonamos y nos vuelve la memoria.
--Sí mejor, llama al camarero y pedimos unas... unas.... ¡hostias!
--¿¿¿Pedimos
unas hostias??? ¿¿Ahora te va el sado??
--No,
joder, es que quiero unas cosas de esas redondas y verdes.
--¿Guisantes?
... ¿Esmeraldas?
--¡De
donde sale el aceite!
--Mmmmmm......
¿Aceitunas?
--¡¡Síí!
Pero de las que llevan bicho dentro, ¿eh?
Aunque
ya no lo parezca, antes éramos capaces de hablar todo seguido. Ahora hablar,
hablamos, pero decir... no conseguimos decir gran cosa.
La
imagen (modificada) se basa en una viñeta de Maitena.
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Velda Rae
Clandestinidad

Antes fumábamos a escondidas de los padres, ahora lo hacemos a escondidas de los hijos, el cónyuge, el amante, los vecinos, el jefe….
¿Incluirán en los test de selección de personal la casilla de fumador?
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Un libro que merece mucho la pena
La publicación de La
señal y otros relatos, de Vsévolod Garshin, por parte de la editorial
Contraseña ha venido a compensar el imperdonable olvido en nuestro país de un
autor que, con tan sólo una veintena de narraciones cortas, es considerado uno
de los mejores cuentistas de la literatura rusa y el más directo antecesor de
Antón Chéjov, otro gran maestro de lo breve. Los nueve relatos incluidos en
este libro son ásperos como un latigazo de vodka, sin perder por ello un punto
de ingenuidad en el que descubrimos el rechazo a la maldad y el compromiso
social que los inspiraron.
“He escrito
sinceramente, sin disfrazar nada, y he puesto sobre el papel las cosas que
realmente han angustiado mi alma”. Como confiesa en una carta dirigida a un
amigo, Garshin nunca trató de ocultarse tras su obra, sino que, al contrario,
se volcó en ella con tal pasión que resulta imposible desligarla de su propia
vida, tan trágica y fatal como sus cuentos. Marcado por el suicidio de su padre
y de dos de sus hermanos, y por una tendencia a la depresión que lo llevaría a
quitarse la vida a los 33 años, el famoso pintor Iliá Repin captaría como nadie
su tormento interior. No sólo nos ha dejado varios retratos en los que
sorprende la intensidad de una mirada a la que casi podemos asomarnos, sino que
lo usó como modelo del hijo del zar Iván el Terrible en el dramático cuadro que
recrea la muerte del zarevitz a manos de su propio padre. Hoy se cree que
Garshin era un maniacodepresivo o que sufría un trastorno bipolar, pero
etiquetar su mal no afecta en absoluto a la notable calidad de su obra y a la
descarnada sinceridad que encontramos en ella.
De cada infortunio
obtenía Garshin el fermento con el que levar unos relatos que siguen siendo tan
turbadores hoy como en el momento en que fueron escritos. Su participación en
la guerra contra el imperio otomano que iniciara Rusia en su camino hacia el Mediterráneo dejó secuelas más profundas
que la herida que lo licenció antes de
finalizar la contienda. Lejos de visiones heroicas, la guerra de Garshin es
sucia, irracional y obscena, y su sinsentido nos alcanza en varios de los
cuentos seleccionados en esta antología: Cuatro días, El cobarde y El asistente
y el oficial, donde vuelca sus ideales más pacifistas. El primero de ellos,
cuya publicación lo convirtió en uno de los autores más leídos de su tiempo,
narra el lento pasar de las horas de un soldado herido en el campo de batalla,
junto al cadáver del enemigo al que él mismo había dado muerte poco antes. Del
mismo modo, su estancia en un manicomio nos conduce directamente a La flor
roja, donde su protagonista comparte locura con ese hidalgo manchego, empeñados
ambos en terminar con la vileza del mundo con igual y desalentador resultado.
Intensos, reflexivos
y desgarrados, así son los textos contenidos en este libro. Pero quizás uno
entre todos, precisamente el que da título al conjunto, nos detenga en su
lectura, atrapados por la fatalidad que persigue a Semión Ivanov, un guarda
ferroviario capaz de esa generosa entrega que es la única que redime al ser
humano. Una historia tan cinematográfica no sería ignorada durante mucho tiempo
y en 1918, La señal se transforma en la película con la que Eduard Tisse
debutaría como operador de cámara antes de convertirse en el director de
fotografía de Sergei M. Eisenstein.
Una magnífica edición
la que nos ofrece Contraseña, no sólo por rescatar del pasado a este
excepcional escritor, sino también por ponerlo en las delicadas manos de una
traductora como Sara Gutiérrez, que ya nos mostró el fondo ruso de su alma en
La pulga de acero, de Nikolái Leskov (Impedimenta, 2007). Care Santos, autora
del prólogo, aseguraba entonces que el “esforzado y meritorio” resultado de su
trabajo “hubiera satisfecho a Leskov”, como, sin duda, habría contentado a
Garshin su destreza para hacernos tan próxima esa Rusia decimonónica, convulsa
y doliente, en la que el propio escritor terminaría por sucumbir.
Publicado
originalmente en La Tormenta en un vaso.
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