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Velda Rae

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Nobody's perfect






Me gustan los hombres feos. Yo no los veo así, claro, pero el resto del mundo se empeña en decirme que lo son, así que debe ser verdad. Cuando una inmensa mayoría te dice: Ed Harris es calvo; Kevin Spacey, fondón; John Hurt, una pasa arrugada; Donald Sutherland, el clon de Mr. Spock; Alan Rickman, más soso que un sandwich de pepino, y Sam Neill, todo orejas, no te queda más remedio que asumir que te gustan feos.


¿Pero acaso es culpa mía que los morritos de Brad Pitt me dejen indiferente, los músculos de Tom Cruise me aburran y Richard Gere siempre me haya parecido un bizco cejijunto?

¿La atracción por un determinado aspecto físico es una cualidad innata o adquirida? ¿Nos gusta siempre el mismo tipo de persona? ¿Nuestras hormonas responden a un determinado modelo y únicamente ante ése? ¿O los gustos, como la moda, cambian cada temporada?

Hay a quien le gustan las mujeres extremadamente delgadas, altas y de pelo corto, mientras que otros salivan en cuanto ven curvas y melena. El ‘alto, moreno y de ojos azules’ es ya un estereotipo de príncipe azul entre el gremio femenino de las bellas durmientes. Pero si digo: me gustan calvos y con tripilla, la gente me mira como si yo fuese un paso atrás en la evolución darwiniana.

¡Reivindico mi derecho a que me gusten los hombres oficialmente feos sin ser considerada el eslabón perdido entre el hombre y el mono!

Porque, al fin y al cabo, el mundo es nuestro. Por cada Angelina Jolie, somos millones de Cármenes Machi; por cada George Clooney, sois miles y miles de Antonios Resines.

Así que, como dijo el gran filósofo Osgood Fielding III: Nobody’s perfect

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De Madrid al cielo....(VI)







¡Madrid, ohhhh Madrid! Los 80, la movida, el viejo profesor, a colocarse y al loro. De pronto, mi crónica sentimental en rojo se convirtió en una crónica sentimental nueva olera.

Madrid sonaba a Alaska, a Nacha Pop y a Almodóvar y McNamara. Mi mitología urbana pasaba por El Pentagrama que cantaba Nacha Pop en su Chica de Ayer, La Mandrágora, donde aún actuaban Sabina, Krahe y Alberto Pérez, las fiestas en la Complutense, los pubs de Malasaña, la ruta de los Cafés (el Gijón, el Central, el Comercial, el Manuela, el Barbieri, el Latino), las Cuevas de Sésamo, los bocatas de calamares, los cinestudios, los teatros, el Bellas Artes, la Biblioteca Nacional, la Plaza de Colón, el Parque del Oeste, la Casa del Libro…

No me perdí una manifestación AntiOtan (para lo que me sirvió) ni un desayuno dominical con porras, esos churros descomunales que ni sabía que existían hasta que llegué a la capital, inocente inmigrante de provincias. ¿Dormí alguna noche de mi primer año de carrera? Que nadie espere que conteste a esa pregunta si no es en presencia de mi abogado.

Nunca escribí tanto (sin cobrar por ello), nunca he vuelto a recorrer tantos kilómetros bajo tierra cual topo sin GPS y nunca dolió tanto el amor. ¡Qué verdadero dolor, y qué apurado sufrir! ¡Qué mentiroso vivir! ¡Qué puro morir de amor!

Pero tampoco el desdén de Gerardo acabó conmigo, aunque sí estuvieron a punto de hacerlo los sufridos madrileños que tuvieron que soportarnos todos los jueves de aquel invierno en el transbordo de Plaza de España a Noviciado cantando a dúo, sólo un poco mejor que Pimpinela. Nuestros acordes y desacuerdos terminaron a guitarrazo limpio en la boca del metro:

“--Por eso vete, olvida mi nombre, mi cara, mi casa y pega la vuelta.

--Jamás te pude comprender...

--Vete, olvida mis ojos, mis manos, mis labios, que no te desean

--Estás mintiendo ya lo sé...

--Vete, olvida que existo, que me conociste y no te sorprendas."

De regalo de despedida me quedó un suspenso en Introducción a las Ciencias Jurídicas, pero eso ya me lo olí cuando el profesor se presentó el primer día de clase: Manuel Núñez Encabo. ¡A mí me tenía que tocar el gafe!

(La explicación en el video de abajo)






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Savall y la felicidad (Confesionales musicales II)







No soy musicóloga ni erudita en el tema, de melómana no tengo más que la manía de disfrutar de la música, pero no de desmenuzarla ni de interpretarla (metafórica o literalmente). Mis únicos pinitos con eso no pasaron de aporrear una guitarra con más osadía que habilidad a la edad en que una creía que tenía que cantar A galopar y Tu nombre me sabe a yerba.

Por eso el debate de si la música antigua debe interpretarse según la corriente historicista (Interpretación históricamente documentada), que supone usar los instrumentos y técnicas de la época en que fue compuesta, o si los músicos modernos pueden soltarse el pelo y trasplantar esos antiguos sonidos al siglo XXI, más allá de mi gusto personal en cada caso, me supera. Como mucho, me planteo la pregunta de por qué deben ser excluyentes ambas corrientes.

En la música funciono como con el arte y la literatura. El único baremo que sigo, la única regla que aplico, es que me guste lo que veo, lo que escucho y lo que leo. Y en materia de música antigua, diría, como Calixto: Savall soy, en Savall creo y a Savall adoro. Y si Jordi Savall ha abandonado el movimiento historicista, pues resulta que yo también, porque a alguien que tiene el poder de hacerme feliz en tres minutos y medio yo ni le toso.

Savall, musicólogo, director y uno de los pioneros en la interpretación de la viola de gamba y en el estudio y recuperación de la música española de la Edad Media, el Renacimiento y el Barroco, dicen algunos que es un brillante artista desconocido por el público en general debido a la escasez de aficionados al arte de Euterpe (esto que suena a cursilada es más que nada por no repetir la palabra música cinco veces por párrafo, no me tiréis tomates). Consideran que fruslerías como el acceso a la música en formato mp3 (que sí, que pierde calidad, que valeeee, que ya lo sabemossss) revela el inframundo de los aficionados contemporáneos, que sucumben a los sonidos fáciles y desvirtuados.

Pero si el intercambio de música y los formatos digitales de audio comprimidos consiguen la difusión masiva de una obra que no se lograría de ningún otro modo, ¿no compensa, señores melómanos, la (ligera) pérdida que supone su uso? ¿Es purismo exacerbado o miedo a la democratización de la cultura? En cualquier caso, me he ido por las ramas, por los cerros de Úbeda y hasta de los Apeninos a los Andes, porque hoy sólo quería presentaros dos temas de Savall y ver si sois capaces de escucharlos hasta el final sin desear poneros a bailarlos y/o a cantarlos.

En la Wikipedia, en su propia web y en Google en general encontrará, quien esté interesado, todo tipo de información sobre él, pero hacedme caso, escuchad su música. Eso es lo que importa, ser felices, aunque sólo sea durante tres minutos y medio.







Foto: Jordi Savall con su mujer, la soprano Montserrat Figueras, y sus hijos. La familia que musiquea unida, permanece unida.



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Musicoterapia (Confesiones musicales I)












Estos días me he dado cuenta, más que sorprendida, de que en este blog hablo de mi vida, de los libros que me apasionan y de las películas que me emocionan, divago, hago el chorras y, en general, me divierto, pero nunca me he referido a la música ni a lo que la música hace conmigo y por mí.


Si digo que la música es mi psiquiatra, mi psicólogo y mi terapeuta, todo en uno, no estaría mintiendo, pero me quedaría corta. Porque también es mi confesor, mi consejero, mi Prozac y mi droga más dura. Y siempre, un potente motor para vivir.


Cuando tengo que tomar alguna decisión de esas que creemos trascendentes, me calzo los playeros, me aíslo en los auriculares y me pateo media ciudad, o la que haga falta, hasta que veo las cosas claras. (Si sumara los kilómetros recorridos en determinadas épocas de mi vida seguramente descubriría que he llegado, lo menos, hasta Zurich). La música intimista, cantautores españoles o extranjeros, Jim White, Elliot Smith, Simon Bonney, Fito y los Fitipaldis, Nacha Pop, el Aúte de hace años, Beth Gibbons, Coldplay… me acompañan siempre en esos paseos con destino a mí misma.


Si amanece un día de esos tristones, que ya sabes que te va a costar remontar, elijo música vitalista, luminosa, de ritmo frenético, y no hay melancolía que se resista. Siempre termino cantando por la calle mientras la gente me mira dudando si cambiar de acera para no cruzarse conmigo. Para este objetivo nada como la música discoteca y horteradas varias, tipo Abba, y el tecno pop de los 80 (Alaska incluida) que funcionan con precisión de relojero suizo.


Pero cuando el momento es de esos que ni toda la música creada desde el primer acorde compuesto por vete a saber qué lejano ancestro puede ayudar a superar, llega el momento de Damien Rice o de Jeff Buckley. De temas como Mother, de Pink Floyd (The Wall), Say It Ain't So, Joe, de Murray Head, o el Mad World, de Tears For Fears, en versión de Michael Andrews and Gary Jules. Entonces se trata, no de vencer la angustia, sino de zambullirse en ella hasta su fondo más abisal. Llegar tan abajo, dolerte tanto como puedas, llorar a gritos y autocompadecerte si hace falta (reloj en mano, no le vayas a coger gusto). Tras esa ceremonia de descontrol, descubres que te has purgado, cual mascota desparasitada, y ya puedes volver a salir el mundo como una persona (razonablemente) estable y normal.


Sin embargo, el más curioso de todos los efectos me lo provoca la música clásica. No toda. Aunque disfruto con cualquier estilo y momento histórico, la música antigua hasta el renacimiento y el barroco es para la que debo estar programada genéticamente. Y dentro de ésta, la polifonía sacra. Escuchando misas, motetes, misereres y cantatas no necesito LSD para volar. Más que relajación mental, que lo es, asemeja a un estado alterado de conciencia casi extático y siempre hipnótico. Es fácil entender la exaltación religiosa de nuestros místicos si escuchaban esta música a diario, y si lo hacían, además, en el entorno adecuado, un templo gótico de resonancias armónicas que mi salón y mi aparato de música nunca podrán reproducir.


En jerga, la ida de olla es tal que nunca escucho este tipo de música en el mp3 cuando paseo porque, con toda seguridad, terminaría atropellada por el primer autobús que pasase cerca.


Con todo lo que la música me da, es difícil que no encuentre algo salvable en cualquier estilo, con la única excepción del chill out y el bacalao. ¡Ah! Y Diana Krall, es increíble la capacidad para dormirme en 30 segundos que tiene esta mujer.


Os dejo dos ejemplos de esa música que me arrebata, el Miserere de Gregorio Allegri, con su fascinante historia, y el Spem in Alium, de Thomas Tallis.





Foto: Catedral nueva de Salamanca, de Botikario.net (Flickr)



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Solaris




“No hay soluciones, sólo opciones”


Gibarian






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