Olvido





¿Cómo fluye la sangre de un fantasma?

(Mahmoud Darwish)









Primero fue un punto ridículo, tan pequeño que no supe si era mella o mancha.  Lo descubrí, solitario, en mi antebrazo, a medio camino del codo y la muñeca, indeciso en si bajar o subir o en si quedarse o desaparecer.

Es un lunar, deduje cuando el jabón no pudo borrarlo. Un residuo del sol y de la tarde que pasamos juntos en aquella terraza asomada al verano. Quizás una peca. Vete a saber si de tanto besarte me llevé una de las tuyas pegada a la piel.

Pero no. Una peca extraviada suena a excusa, a nostalgia. Y siempre era yo el primero en decirlo: Es mejor que no sigamos viéndonos. Nunca supe si alguna lo lamentó.  Si tú lo lamentaste.

Un día, el punto dejó de ser ridículo y ya no fue mancha ni mella, ni peca ni lunar. Bajo la ducha, y deforme por el agua, me pareció una boca dispuesta a devorarme.

Lo restregué con tanta fuerza que la esponja se deshizo entre mis dedos, pero no dejó de observarme, voraz quién sabe de qué. Tal vez de mí, como lo fuiste tú al principio, cuando las noches se acababan antes que nosotros y todas las horas parecían dignas de ser nuestras.

Medía ya casi un centímetro cuando se me ocurrió que era una letra. Una O oscura, obscena y ofensiva que me crecía en el brazo como un tumor. Una O de orgullo. Una O de Olvido.

Me convencí de que desaparecería. De que aquello no era una O, por más que lo pareciese, ni se había embarcado en una singladura por mi brazo,  pero resultó tozuda y nada fue capaz de borrarla. Ni el detergente más agresivo ni la lejía más implacable  También lo intenté con alcohol, acetona y aguarrás y sólo desistí cuando la gasolina estuvo a punto de provocarme un eccema. Odiaba pensar que tendría que vivir con ella como lo hacía sin ti.

Empecé a vigilarla. Cada hora, sin importar donde estuviera, me alzaba la manga de la camisa y observaba con detenimiento la evolución de lo que ya sabía que no era mancha, aunque ignorase su naturaleza.

Compré ungüentos y cremas sin que nada surtiera efecto. Froté, raspé y cepillé hasta hacerme sangrar, hasta despellejarme y mudar de piel como una serpiente en primavera. Sospecho que en nada puse tanto empeño como en borrar aquella letra, salvo, tal vez, en borrarte a ti.

Pero la O continuaba allí, obtusa, ombría, ordenada.

Al menos, me dije, ya no crece.

Y era cierto. Había detenido su avance y dejé de temer que se expandiera por el brazo, continuase por el hombro e invadiera mi cuerpo como el mapa de un desahucio. Pero eso tampoco me tranquilizó. Seguía ignorando de dónde había salido y cuántas letras más pensaba escribirme.

Me imaginé como uno de esos fanáticos de los tatuajes cuya piel se asemeja a un informe de pasantías o a una tesis doctoral. Tendría que vestirme con jerséis de cuello alto y manga larga, incluso en verano, para ocultar el sarpullido caligráfico que me brotaba de dentro.

Desechados los remedios caseros, acudí al médico, pero tampoco halló  solución. Nevus, angioma, queratosis… Descartado el melanoma, me despachó con más ungüentos milagrosos tan inútiles como los que yo mismo me había procurado.

La O alimentaba mi obsesión hasta el punto de no ocuparme ya de otras partes de mi cuerpo, por eso la aparición de una segunda letra en el hombro opuesto al brazo que vigilaba a diario me pilló por sorpresa. Cuando la descubrí, ya había superado la fase de lunar y se mostraba, idéntica a la otra, ligeramente oblicua, ociosa y ofensiva.

Desistí de aplicarle los mismos métodos abrasivos a los que había sometido la primera. Era lógico pensar que si no habían resultado con una tampoco lo harían con la otra. Su ubicación en el hombro también dificultaba su seguimiento, por lo que sólo la inspeccionaba cada mañana bajo la ducha y cada noche al acostarme. Resultó ser igual de tenaz que su gemela y creció hasta mostrarse como una O oronda y ominosa.

Tal vez fuera el anuncio de un otoño huraño o el principio de un octubre largo y desapacible.  Acaso el recuerdo de una Olvido que nunca se dejó olvidar.

La tercera O no fue un huésped imprevisto. Sabía que habría de llegar, aunque ignorase en qué recodo de piel iba a alojarse.

Fue en el vientre. A un centímetro exacto del ombligo, como una pareja de hecho o un discreto acompañante. Tan ostentosa y ordinaria como el resto.

Tres Oes empezaban a ser un problema. Una no pasaba de anécdota. Dos eran una curiosidad fisiológica, pero tres indicaban una progresión alfabética. Tres Oes podían ser un reclamo publicitario, un poema visual o hasta un manifiesto dadaísta. Y nada de todo eso te traería a mí.

Soy contable, no me manejo con las letras. Los números son simples. Dos más dos siempre serán cuatro. Las palabras, en cambio, son engañosas y polisémicas. Cuando uno habla, nunca se sabe lo que el otro entenderá.

Las letras no son más que obligados intermedios en la sucesión de cifras en que vivo: años: 43; metros: 1,80; butacas: 2; rutinas: 7;  amor: 1.

La cuarta O, oscura, odiosa, obsesiva, se burló de mí desde la ingle, donde la descubrí, emboscada, una noche.

Así fue como empezó. Y aún no ha terminado.

A los seis meses del primer brote tuve que dejar el trabajo. Para entonces, ninguna prenda era capaz de ocultar la invasión ortográfica que avanzaba, imparable, como un escuadrón de kamikazes.

Un último intento de solución médica me condenó al catálogo de enfermedades raras y posiblemente contagiosas, que me obliga desde entonces al riguroso control de biólogos, infectólogos y hasta algún afanoso psiquiatra.

Las Oes, sin embargo, siguen aquí.

Orgullosas.

Opulentas.

Obstinadas.



#historiasdeamor

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