La república independiente del amor



Se conocieron en la sección de tapizados y antes de haberse puesto de acuerdo en si eran mejores los sofás de piel o los de tela, ya habían decidido casarse. Nunca compartieron tardes más intensas que aquéllas durante las que eligieron el ajuar de su nueva casa, del departamento de cocinas al de descanso, sin olvidar los de relax y complementos.

Decorar su nueva vida les mantuvo tan ocupados que no repararon en las sutiles diferencias que los separaban. Ella deseaba un salón moderno y él, uno de corte clásico. Él quiso una librería de pino y ella, una vitrina de metacrilato.

 La crisis estalló en el sector de dormitorios.

—Colchón de látex —dijo él.
—Viscolástico —repuso ella.
—Somier de láminas —opinó él.
—Canapé abatible —rechazó ella.
—Cabecero de forja —propuso él.
—Forrado en seda —rebatió ella.

Firmaron la paz con un plato de albóndigas en la zona de restauración y se regalaron, como prueba de amor, un catálogo recién salido de la imprenta.

Aún no habían llegado al coche, cuando ella le mostró una cómoda lacada en rojo. Él pasó las páginas hasta encontrar una mesa de caoba envejecida.

Se casaron un mes después. La lista de bodas se encargó a unos grandes almacenes con vocación de sastrería inglesa.



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