4 de octubre de 2010

La república independiente de mis cuentos


Pero no sólo me he pasado el verano comiendo helados y sandía, y asistiendo a Zipi y Zape en sus problemas informáticos para poder avanzar en su imparable carrera hacia el virtuosismo videojugón, sino que he escrito, mucho, muchísimo, y hasta me he presentado a algún concurso que, por supuesto, no gané.

Pero si quedé finalista en uno con el que, al menos, confiaba poder renovar el mobiliario de mi home sweet home, ya que los microcuentos iban de eso, de muebles. Pero tampoco, ni una silla ma’tocao. Al finalista, las gracias. Y el catálogo de la mueblería para que me costee yo la renovación de mi hogar.

Snif.

Aquí, el microrrelato para los curiosos:


Diferencias irreconciliables

Se conocieron en la sección de tapizados y antes de haberse puesto de acuerdo en si eran mejores los sofás de piel o los de tela, ya habían decidido casarse. Nunca compartieron tardes de sábado más intensas que aquéllas durante las que eligieron el ajuar de su nueva casa, del departamento de cocina al de descanso, sin olvidarse los de relax y complementos.

Urdir su nueva vida les mantuvo tan ocupados que no repararon en las sutiles diferencias que los separaban. Ella deseaba un salón moderno y él, uno de corte clásico. Él quiso una librería de pino y ella, una vitrina de metacrilato. No les llegó el tiempo para discutir si la alfombra debería ser un kilim turco o una jarapa alpujarreña, la crisis estalló en la zona de dormitorios.

--Colchón de látex –dijo él.

-- Viscolástico –repuso ella.

--Somier de láminas –opinó él.

--Canapé abatible –rechazó ella.

--Cabecero de forja –propuso él.

--Forrado en seda –rebatió ella.

Allí mismo anularon la lista de bodas. Él devolvió la cómoda lacada en rojo y ella, el arcón de caoba envejecido.