DesOrdenada


Cuando no es uno, es otro. Cuando no se me suicida un ordenador, asesino yo a otro. A sólo unos meses de haber salvado in extremis mi portátil nuevo (si hoy en un día a un Pc de más de dos años se le puede llamar nuevo) he matado a mi portátil viejo. ¡Oh, señor, perdóname! ¡Mis manos están tintas en sangre de inocentes megabytes!

Yo porfiaba ayer ante la pobre técnica informática: Que no, mujer, que esto se arregla con un desfibrilador, seguro, tú puentea este cable, dórale un poco este chip y seguro que se despierta como nuevo.

Y ella porfiaba aún más: Que no, mujer, que esto es cosa de la placa base, que se ha muerto, y cuando se muere eso, no queda más que ir de funeral.

Sólo me faltó llorar, allí, de pie ante el mostrador y una cola que daba dos vueltas a la sección de informática de unos grandes almacenes de cuyo nombre no quiero acordarme, más entretenida (la cola) que si estuviera viendo el culebrón de las cuatro.

No sé por qué, cuando un ordenador se va queda un espacio vacío que no lo puede llenar la llegada de otro ordenador, que cantaba Alberto Cortez en mi lejana infancia. En mi caso, además, que no escarmiento, por más que me haya comprado un disco duro externo para salvar todo aquello salvable, el hp (siglas que no se refieren precisamente a Hewlett Packard) se ha ido con las tripas llenas de cuatro meses de escribir como una loca, vamos, como la JK Rowlings y la Stephanie Meyer juntas, que ya es decir.

Ahora ya puedo decir, sin temor a equivocarme, que de mi pluma (teclado es menos poético) han salido los premios Pulitzer, Nobel y Cervantes de este año, pero nadie se va a enterar porque la tecnología me los ha robado.

Y me quedo tan ancha, oye.

Hierro 3



"Es difícil saber si el mundo en que vivimos es sueño o realidad"





Caída libre





Es curioso que lo que más me gusta de los 40 es lo mismo que me cabrea: todo lo que, de pronto, empieza a caérsete.

Empiezan por caerse los prejuicios, los miedos y las vergüenzas, cosa que es de un liberador que hasta adelgazas del alivio y del lastre que vas soltando.

Pero, a cambio, se te caen partes del cuerpo que no voy a mencionar para no herir sensibilidades, y se te cae la flexibilidad y hasta el alma a los pies cuando descubres que ya no puedes hacer ni la mitad de las cosas que hacías a los 20, desde ir de doblete a trabajar tras una noche de juerga, a sentarte sobre tus propias piernas flexionadas por un periodo superior a los tres segundos.

Para ser sincera, lo de salir toda la noche y empalmar con la mañana siguiente es que ya ni siquiera te apetece, y lo de las piernas, sí que puedes, si te empeñas, pero cuando te levantes descubrirás que serán necesarios más de cinco minutos para poder volver a caminar.

De modo similar, ver cómo crecen Zipi y Zape me produce reaccionas contradictorias. Me gusta, no puedo evitarlo, dejar de asistir a eventos varios, como el Desfile del Día de América en Asturias y el  Día del Bollu, que me he ahorrado este año. Disfruto con la rapidez con que cambian sus cuerpos y sus mentes, tanto, que si me descuido un momento, cuando vuelvo a mirar ya no son los mismos.

Pero la nostalgia es de las cosas que no se te caen nunca, y a veces me acuerdo de cómo eran ellos y de cómo era yo, y me ataca la artritis mental y me duelen, no sólo las rodillas, sino también los recuerdos.

Gatos bibliófilos




Estos días he comprobado que Anya no es la única gata aficionada a lectura. Gatos bibliófilos los hay en todo el mundo, y alguno, querido Tordon, hasta maúlla catalán en la intimidad. Y apostaría que también el latín.

Este gato atigrado, hierático cual esfinge, permaneció completamente inmóvil durante más de dos minutos (de reloj) mientras tres humanos observábamos el escaparate dudando de si se trataba de un felino real y vivo, o un bibelot de adorno y reclamo.

Finalmente, consciente de la curiosidad que provocaba, pestañeó con displicencia para hacernos saber que era de carne, pelos y huesos, y continuó en su estatuaria postura sin mover ni un bigote.

En un país donde se editan infinidad de libros, se compran algunos y se leen pocos, es bueno saber que siempre nos quedarán los gatos bibliófilos.





Una de detectives


“Benatar es un detective privado titulado que tiene su oficina en el Café del Círculo de Bellas Artes donde recibe a sus clientes. Además, es un joven doctorado en filosofía y letras cansado de cubrir suplencias en colegios ricos con alumnos burros más preocupados por su pelo, su ropa y su móvil que por el conocimiento que los grandes sabios de la humanidad pudieran transmitirles, y que acaba convertido en detective -existencialista, por supuesto-.”


Así describe Aída Berliavsky, mexicana de origen judío, periodista, guionista y directora de cine, el personaje central de sus, hasta ahora, dos novelas: Doron Benatar y el libro de los nombres muertos y Doron Benatar Berlín 10119.

Berliavsky presentó hoy en la Casina-Sinagoga del Fontán su nuevo libro, durante la segunda Feria del Libro Judío celebrado este fin de semana en Oviedo.

Aída ha solicitado la colaboración de varios blogueros para difundir su libro, cosa que estoy encantada de hacer.








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