Yo, que no leo fantasía (al menos, la fantasía de magos, elfos, vampiros, etc.) desde La Historia Interminable, que me aburrió más que un documental de escarabajos peloteros de La 2, me he metido en camisa de trece varas, que las de once se me quedan cortas, y me he empeñado en escribir un relato fantástico para niños. Aspiro a que sea paródico, pero seguramente se quedará en patético.
Os cuento esto, a pesar de que estaréis pensando que a vosotros qué os importa, porque ya he advertido que el blog se me va resintiendo y, sobre todo, para anunciaros que vais a quedar inmortalizados, aunque aún no sé si para la posteridad o para el oprobio.
Estoy en el proceso de elaboración de personajes y dado que mi imaginación es más bien limitada, con el fin de reservar algo para el relato en sí, he decidido no agotarla en la elección de nombres superoriginales de la muerte y dotaros a vosotros, que ya los habéis pensado por mí, de corporeidad narrativa. (Iba a decir literaria, pero eso sonaría engreído).
De momento tengo claros los siguientes Dramatis Personae:
Nebroa: Curandera experta en sanar los dolores del cuerpo y del alma..
Fiebre: Bruja gótica que prepara sus mejunjes a ritmo de música electrónica.
Tordon Lorz: Sesudo astrólogo y autor del Tratado sobre todas las Cosas que Existen.
Hécuba: Bibliotecaria. Ordena sus libros en dos únicas categorías: Inmutables o Alterables. Estos últimos pueden ser modificados a gusto de cada lector.
Sir Lordo: Anciano bicentenario cascarrabias y agorero.
Ya estáis advertidos. Si alguien quiere desaparecer del relato llamado a recibir el próximo Premio Hans Christian Andersen, que lo diga ahora o que calle para siempre.
Mira que lo he dicho veces, en Internet hay de todo. Mi último descubrimiento son los diccionarios de rimas on line que te suministran a velocidad de adsl un surtido de palabras a la medida de tus versos. Lo único que tienes que hacer es elegir la modalidad de rima, si asonante o consonante, y el número de sílabas que ha de tener la palabra resultante.
Esto de las sílabas es fundamental, si recordáis la EGB (los que seáis de mi generación). Tienes que decidir si tu poema va a ser de arte mayor o menor, si nadarás entre versos sáficos o te batirás con las redondillas. Si dejarás caer algún alejandrino, así como al descuido, o te distanciarás de la plebe literaria con una serie de catalécticos (no confundir con los catalépticos, esas personas que se mueren, pero sólo un poco).
Las ventajas son evidentes y en una de estas webs, además, te permiten buscar coincidencias de hasta seis letras. ¡Acabemos con la tiranía de rimar amor con ardor y sillón con sifón! Por si esto fuera poco, dispones de una opción más: buscar esa similitud en las letras de inicio y no en las finales, gracias a la cual podrás marcarte unas aliteraciones y onomatopeyas dignas de Rubén Darío, muy aficionado a ellas:
“Claras horas de la mañana
en que mil clarines de oro
dicen la divina diana:
Salve al celeste sol sonoro.”
Estas prácticas webs no deben manejar la misma base de datos, porque mientras para rimas.es existen 2.113 opciones que parear con amor, para m&e diccionario de rimas, sólo son 2.085.
Pero para salir del paso y versificarle nuestra pasión al galán o la doncella de turno, son más que suficiente.
Desde que te fuiste, ¡oh, amor!
siento que me duele el abductor.
Debe ser por el pundonor
con que me clavaste el abridor
para largarte con un aviador
en un vuelo bimotor.
Siento informar que estas ayudas tan efectivas para los que aspiramos a ganar el Premio Nacional de Poesía no le servirán de nada a aquellos que, como Espe, prefieran el verso libre. Ellos se lo pierden.
Amor a primera vista fue lo que sentí por El Conde de Montecristo. Y quiero dejar muy claro que fue por él y no por Edmundo Dantés. A mí Edmundo, tan bueno y tan tonto, me aburría y desesperaba por igual, por lo que me alegré de que Alejandro Dumas, padre, se lo cargara en la primera parte y naciera el preso número 34.
Cuando lo imaginaba horadando con infinita rabia los muros del Castillo de If y encontrando en la venganza el único motor para escapar de allí empezó a hacérseme atractivo. Y cuando al fin reaparece convertido en ese demiurgo capaz de reordenar el mundo a golpe de odio y de dinero quedé prendada cual quinceañera pidiéndole un hijo a gritos a Sandokán. (Esta comparación, para quien no haya nacido en aquella época, se refiere al modo en que las fans españolas recibieron a Kabir Bedi, protagonista de la serie italiana que a finales de los 70 fue un éxito en nuestra única televisión).
El Conde de Montecristo era misterioso, inteligente, implacable (sólo con quien lo merecía), astuto y despiadado. Libre de los convencionalismos de su época y regido únicamente por sus propias leyes. Un hombre atractivo y atormentado, con el alma oscura. El arquetipo de héroe con los pies de barro, que son los mejores y de los que siempre me enamoro: Arsenio Lupin, un ladrón; Liam Devlin, un soldado del IRA; Nicholas Hel, un asesino a sueldo; Lobezno, una máquina de matar.
Montecristo resultó tan denso que Dumas no se conformó con el cuento que escribió en un primer momento basado en la vida de François Picaud, un zapatero que vivía en París en 1807 y que fue condenado por espía tras la falsa denuncia de cuatro amigos celosos ante su inminente boda con una mujer rica. Heredero de la fortuna de un compañero de prisión, cuando es excarcelado regresa a París y se venga de cada uno de sus antiguos amigos. Finalmente, Dumas tuvo que escribir una novela, satisfactoriamente larga para todos, autor y lectores.
La fuerza de este personaje es tal que ha abandonado los límites de la literatura para entrar en los tratados de filosofía, primero con Antonio Gramsci, quien encontró en nuestro Conde (Cuadernos de la Cárcel) la raíz genealógica del superhombre nietzscheniano y en la literatura popular, en general, el embrión de este concepto: “Creo que se puede afirmar que la pretendida superhumanidad de Nietzsche tiene por origen y modelo doctrinal, no Zaratustra, sino al conde de Montecristo de Dumas."
Después con Umberto Eco, quien en su libro El superhombre de masas, recoge esta idea para ampliarla y estudiar esos grandes personajes que pueblan folletines, novelas populares y cómics, empezando por Montecristo y siguiendo por Rocambole, Lupin, James Bond, Tarzán y Supermán. Eco destaca el consuelo existencial que nos ofrecen estas historias, en las que, al parecer, buscamos una compensación por no ser nosotros mismos un superhombre.
Y luego dicen que leer novela (o cómic) popular no sirve para nada. Lo que nos ahorramos en terapia.
¿Quién no recuerda aquella pelea de patio de vecinos a ritmo de endecasílabos en que se enzarzaron Góngora y Quevedo que estudiamos en la escuela? Ya quisieran esos ordinarios que hoy cobran millones por salir en la televisión insultarse con la mitad de arte y finura con que lo hicieron ellos.
Yo te untaré mis obras con tocino
Porque no me las muerdas, Gongorilla,
Perro de los ingenios de Castilla,
Docto en pullas, cual mozo de camino.
Le dedicaba sus versos Quevedo a Góngora, y éste contestábale:
Anacreonte español, no hay quien os tope,
que no diga con mucha cortesía,
que ya que vuestros pies son de elegía,
que vuestras suavidades son de arrope.
El último ataque literario lo han protagonizado dos escritores de best-sellers norteamericanos: el terrorífico Stephen King y la no-muerta Stephanie Meyer, cuando el primero afirmó, refiriéndose a la segunda que “no consigue escribir nada que valga la pena.” Hasta el momento, que yo sepa, la reina del romance vampírico no ha devuelto la pulla.
Pleitos los han tenido, entre otros, Valle Inclán y Echegaray, Juan Ramón Jiménez y Neruda, Gore Vidal y Truman Capote, John Le Carré y Salman Rushdie, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa (estos, cuentan, que por una mujer). Umbral con todos y Cela con todos y alguno que se dejó Umbral. Ante tanta mala leche me pregunto por qué duele tanto entre los seguidores de un autor la humilde crítica de un lector anónimo. Y no hablo de mí, sino de Internet en general, donde las opiniones negativas devienen en arrollador tsunami de insultos.
En cuestión de odios literarios, como veis, perro sí como perro, y cualquier lindeza de las que se dedican entre ellos es mucho más demoledora y ofensiva que las que uno se pueda topar por la red:
"No tengo ninguna paciencia con esa porquería de libros que me mandas; exceptuando las novelas de Scott, y tres o cuatro cosas más, nunca me había topado con obras de esa calaña. Campbell sermonea, Moore es errático, Sothey sólo dice bobadas, Wordsworth estupideces, Coleridge es confuso, Joanna Baille insignificante, y Bowles es quisquilloso, litigante y llorica.” (Lord Byron)
"Lo que sucede es que los trabajos de varios escritores vanidosos, como Camus, Lorca, Kazantzakis, D.H. Lawrence, Thomas Mann, Thomas Wolfe, y literalmente cientos de otras grandes mediocridades, me parecen efímeros y de segunda fila.” (Vladimir Nabokov)
"Cada vez que leo Orgullo y prejuicio me entran ganas de desenterrarla y golpearle en el cráneo con su propia tibia” (Mark Twain sobre Jane Austen).
“Me parece una mala escritora simple y llanamente, y llamarla escritora es darle cancha. Ni siquiera creo que Isabel Allende sea escritora, es una escribidora”. (Roberto Bolaño sobre Isabel Allende).
“Me enviaron esa mierda de De aquí a la eternidad. Y con lo mierda que es, me extraña que el hombre que la escribió tenga esa extraordinaria pinta de estreñido”. (Truman Capote sobre James Jones).
“Tenía una mente tan perfecta que ninguna idea podía profanarla”. (T.S. Eliot sobre Henry James).
“Goethe es el genio más grande que ha existido en un siglo y el imbécil más grande que ha existido en tres”. (Carlyle sobre Goethe).
“Inaguantable”. (Valle-Inclán sobre Góngora).
“Aprecio mucho a Freud como autor cómico”. (Nabokov sobre Freud).
“Hace treinta años que no lo leo. Es un pelmazo. Y me tiene sin cuidado que le hayan dado el Nobel o no”. (Sánchez Ferlosio sobre Cela).
“Su estilo es despreciable, pero eso no es lo peor de él”. (Coleridge contra Gibbon).
“Otro Juan Ramón Jiménez. Más de 400 versos seguidos, pequeño fragmento de ese largo poema escrito en La Florida. Es decir, ni asunto ni composición, según el propio Juan Ramón; todo seguido. Un fárrago fofo reblandecido por esa nota mema que tiene siempre el pensamiento del tal nenúfar”. (Jorge Guillén sobre Juan Ramón Jiménez).
“Italia no tiene escritores sino escribanos, como el imbécil del tal Petigrelli, el tonto furibundo de Marinetti y el tonto estético de D’Annunzio, con su cortejo de frases con miriñaques y crinolinas” (Vicente Huidobro).
“Leí tu artículo sobre Waugh. Este libro de mierda sonaba horroroso, parte de que el tipo era muy tonto. Sólo un hijo de puta de primera categoría podría haber escrito las partes divertidas de La espada del honor y la totalidad de Retorno a Brideshead. Cada vez que pienso más en él como un chaval que escribió un libro maravilloso (Decadencia y caída), pero a quien luego le dio un ataque de histeria y se unió a la Iglesia católica”. (Kingsley Amis sobre Evelyn Waugh).
"Tú sabes que yo no soporto a Shakespeare, pero es que tus obras son aún peores". (Leon Tolstoi a Antón Chejov).
"Lo más espantoso es que ese monstruo tiene partidarios en Francia; y para colmo de calamidades y de horror, fui yo quien antaño habló el primero de ese Shakespeare, fui yo el primero que mostró a los franceses algunas perlas que había encontrado en su enorme basurero. No esperé que se me utilizaría un día para pisotear las coronas de Racine y de Corneille, adornando la frente de un histrión bárbaro". (Voltaire sobre Shakespeare)
"En mi opinión es el genio de mente más vulgar que jamás haya dado la literatura". (George Eliot sobre Lord Byron)
"Esa hiena que escribía poesía en tumbas". (Horace Walpole sobre Dante Alighieri)
“Marías está bien, es como la mortadela, que es nutritiva y barata y yo se la pongo a mi hija en el bocata. Lo que me jode es que me quieran vender la mortadela como si fuera el jamón serrano. ”(Rafael Reig sobre Javier Marías)
"Novelista de muy patético destino: empeñado en ser el más cervantino de todos, el pobre hombre no se da cuenta de que cuanto sale de su pluma huele a zapatillas a cuadros y a casino de ciudad rancia". (Javier Marías sobre Andrés Trapiello)
"Ese ingeniero engreído a quien han comparado con Faulkner".(Trapiello sobre Juan Benet)
"Es un cretino y verdadero imbécil". (Rosa Chacel sobre Paco Umbral, tras llamarla lesbiana)
“Al garzón M2, mozo lírico o, mejor dicho, lírico-cómico-bailable sentimental, aprovechadillo y sagaz, le dio semejante ataque de cuernos con motivo de la publicación de una novela por un no censado, que tuvo que adobárselos con vaselina por ver de rebajarles la calentura; algunos tratadistas suponen que en estos casos están muy indicados los enemas con una infusión templada de yerbas medicinales que para los esfínteres contrariados, debe ser salvia y matalahúga, a partes iguales. El doncel tontuelo que se proclama caudillo de los famosos ciento cincuenta, no debe cejar en su actitud mientras siga manando leche y miel y otras espórtulas de la próvida y caritativa ubre del presupuesto”.(Cela sobre Muñoz Molina).
“Para hablar sobre Camilo José Cela, preferiría hacerlo con las palabras que le dedica Italo Calvino en su libro Correspondencia, donde lo define como 'una de las personas más vacuas e insoportables de la literatura internacional'. De Umbral pienso que no es un escritor, y menos un novelista, en todo caso es un provocador". (Juan Marsé).
“Francisco Umbral, guardián de todos los centenos sembrados por los grandes de la literatura -preferiblemente muertos, que se dejan plagiar sin decir ni pío”.(Arturo Pérez Reverte sobre Umbral)
"Walt Witman recitado por un camionero, el budismo al alcance de los lectores del Reader's Digest y una inacabable palabrería de borracho pseudofilosófico". (Juan Luis Panero sobre Jack Kerouak)
"Escribe una poesía fácil, bobalicona, al alcance de cualquier plumífero. Es la poesía especial para todas las tontas de América". (Vicente Huidobro sobre Pablo Neruda)
"No he leido Lolita y no pienso hacerlo, ya que la longitud del género novelesco no coincide ni con la oscuridad de mis ojos ni con la brevedad de la vida humana". (Borges sobre Navokov)
"Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni Umbral. Sí leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en ningún modo a Cela y a Umbral. Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura". (Roberto Bolaño)
"Umbral escribe como mea". (Miguel Delibes sobre Umbral)
“Entiendo que alguien le guste cómo construye las frases Marías. Es cierto que tiene un modo peculiar de ir y volver y darle vueltas a lo mismo que ya Benet exploró hasta la extenuación pero que puede resultar seductor para quien tiene un determinado tipo de cerebro. Yo prefiero a los escritores que “centran la jugada”, aunque reconozco que todo eso es un asunto del gusto, como el paladar. Sin embargo, no comprendo como estas escenas pueden leerse sin más y cómo la gente puede darlas por buenas y complacerse en ellas. Para mí, cuando las leí por primera vez con la mejor de las voluntades --ya que en aquel entonces Marías y yo éramos íntimos amigos--fueron impasables. Aún hoy me sorprende que alguien pueda tragarlas y no decir como el Ángel del Apocalipsis: “Y porque no eres ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca”. (Blanca Andreu sobre Javier Marías)
El desembarco de la parte de mi familia que vivía del otro lado del telón de acero (siguen viviendo allí, pero el telón se levantó hace años, como sabéis) suponía una revolución en mi vida que duraba los quince días de su estancia. Beber té más negro que el corazón del diablo, comer caviar con la prodigalidad de quien devora galletas María, trasnochar y pasar dos semanas haciendo turismo era lo más divertido, junto con el momento en que se abrían las maletas de los huéspedes y se repartían los regalos.
Pero también conllevaba una curiosa servidumbre: organizar una agenda de actividades que incluyera los ‘antojos’ de las visitas. Los adultos querían ir de compras y tomar sidra, la segunda generación prefería salir de noche, ir de discoteca… y ver una película X.
Yo imaginaba que una estudiante de Ingeniería Física Nuclear tendría otras prioridades, pero no bien soltó la maleta, mi prima Marina no dijo otra cosa: porno, porno, ¡porno!
Y mi pobre hermana y yo, cicerones sin posibilidad alguna de escapatoria, tuvimos que buscar una para que callara. Ninguna de las dos entendía nada de tal género cinematográfico, pero rastreamos la cartelera en busca de Nadiuskas, María José Cantudos y Ágata Lyses.
Estábamos en plena moda del destape, pero no era eso lo que Marina quería. Ella insistía con tenacidad eslava: ¡Porno! ¡Porno! Y mi hermana y yo volvíamos al periódico, cual pareja de perros Pávlov condicionados por aquella orden, buscando cualquier cosa que nos librara de la curiosidad libidinosa de mi prima.
Oviedo no es Madrid y en 1979 aún se asemejaba menos. No había salas X ni nada que se le pareciera. Si te descuidabas, en verano no había ni cines. Pero entre los títulos que ofrecía la cartelera descubrimos uno. Sueños Húmedos (Wet Dreams, 1974). Y con un título así no podía ser más que… ¡¡¡porno!!!
Qué magnífica siesta de hora y media me eché. No sé si Marina disfrutó de la película a causa de mis ronquidos, pero yo sólo desperté con los negros augurios con que tambores, trompetas y címbalos recibían a la voluble fortuna. Es lo malo del cine de arte y ensayo, una espera ver retozar a ninfas y sátiros y se encuentra diez cortometrajes surrealistas con música de Carl Orff.
Oh Fortuna, variable como la Luna, un día, jugando, entristeces a los débiles sentidos, para llenarles de satisfacción al día siguiente...
Mi segundo amor literario, tras David, el ‘inglés impasible’, fue una mujer. (¿Qué importa el sexo, si el amor es puro?) Jo, la segunda de las hermanas March, la única que no era una mujercita sumisa (Meg), superficial (Amy) o insoportablemente ñoña (Beth), me arrebató el corazón, a pesar de no saber entonces que el personaje era el trasunto de su autora, Louise May Alcott, de inclinaciones lesbianas, al parecer.
Aunque a lo largo del libro el personaje de Jo se feminiza de un modo tradicional (ahora sé que por las presiones editoriales que recibió la autora) hasta renunciar a su objetivo vital: escribir y ser una solterona, fue Josephine March quien me enseñó que una chica puede ser intrépida, valiente y decidida. Y que es lícito perseguir un sueño que vaya más allá de la felicidad conyugal y de las paredes del hogar.
Porque aunque en mi familia y familias allegadas ésa era la teoría que se predicaba, la práctica era muy distinta. Siendo mi madre y mi madrina ambas ingenieras y sus respectivos maridos, un aspirante a ingeniero técnico que nunca llegó a serlo y el otro, perito titulado, las dos se quedaron en casa cuidando a la prole, sin convalidar sus títulos obtenidos en la extinta URSS, mientras que los hombres fueron los encargados del sostenimiento económico.
Y de las tareas del hogar ya ni hablo, claro.
Así que Jo fue una revelación en mi vida. La imaginaba encerrada en el ático, sola, con su gorro de escribir en la cabeza, cuya posición indicaba al resto de la familia el momento creativo en que se hallaba y si era conveniente interrumpirla o no. Jo se permitía el lujo de ganar dinero con sus escritos y dar calabazas al héroe de la novela, el pobre Laurie, que se tuvo que conformar con la hermana frívola, por más que lo vistiera recordando que Mozart también se casó con la hermana de su gran amor.
Hasta hace poco no descubrí que, a las limitaciones que sufrió la autora, la censura española añadió las suyas. Sólo la reedición por Lumen en el año 2004 deLittle Woman nos permitió leer la historia original, tal y como se publicó en 1868.
Quizás como desagravio a los deseos de L.M. Alcott, Isabel Franc escribió Las razones de Jo, donde la joven no se casa ni renuncia a escribir, sino que se independiza y vive en Nueva York, donde se enamora, claro, de una mujer. Y aunque los remakes literarios me gustan tan poco como los cinematográficos y suele enfadarme el uso de personajes ajenos para continuar las historias como a sabe dios quién le apetece, creo que este libro sí lo leeré. La curiosidad de saber qué fue de mi amada puede conmigo.
Y a nosotros que nos sorprendía que en La Voz de Asturias la gente se enteraba de que la iban a despedir cuando llegaba al trabajo y la pobre Isabel, 15 años en el control de entrada del periódico, la recibía con el mensaje de: Sube a ver a la Jefa de Personal. Te está esperando. No más de diez minutos después salían por la puerta con el finiquito.
Internet, la telefonía móvil, las nuevas tecnologías en general han revolucionado nuestras vidas y modificado nuestras costumbres. Si las rupturas sentimentales ya se comunican por correo electrónico, por fax e incluso a través del Facebook, ¿qué tiene de raro que te despidan vía SMS?
Pues eso es lo que ha hecho el diario gratuito 20 Minutos. Informar por medio de un mensaje de móvil a los empleados de las ocho ediciones que ha cerrado en toda España, entre ellas, la de Asturias, que se acabó lo que se daba y que a la puta calle.
Y mira que me lo advertí: Veldita, no seas tonta, no lo hagas, que te vas a arrepentir. Pero los consejos, sean propios o ajenos, no tienen mucho éxito conmigo. Así que he leído dos de los libros más vendido de este país (y del resto del mundo, que para eso existe la globalización) en los últimos años. Dos sobre los que llevo años oyendo hablar, comentar y, en general, alabar como si se trataran de la octava maravilla convertida en papel impreso. Las pasiones que ha provocado uno de ellos son de tal calibre que cualquier crítica negativa desata insultos y descalificaciones hacia el osado disidente y la inmediata acusación de estar movido por la envidia o la manía personal, sólidos argumentos de peso para avalar la calidad literaria, sí señor.
Empecé con La Sombra del Viento, la primera novela para adultos del hasta entonces (2001) escritor de literatura juvenil Carlos Ruiz Zafón. En parte por Zipi y Zape, que empezaron a leer su Trilogía de la Niebla, y en parte por el estudio privado que estoy haciendo sobre los libros más leídos (y vendidos) en España, me decidí a comprobar por mí misma cómo se las había arreglado Zafón para dar con la fórmula que permite vivir del cuento (Obsérvese el sutil juego de palabras) y ser considerado, además, como “un punto y aparte" en las letras nacionales y un "renovador de la novela contemporánea española".
Me encontré una obra, por momentos, mal escrita, con errores gramaticales, de estilo simplón, repeticiones que aburren, personajes estereotipados y situaciones previsibles. Una historia folletinesca (con todo mi respeto al folletín, entre cuyos autores están Alejandro Dumas, Eugène Sue, Paul Féval y Víctor Hugo, por ejemplo) que pretende ser gótica y dramática, pero no llega ni al escalofrío sentimental, y un autor que miente, cosa que no perdono en un libro.
Inasequible al desaliento, de perdida al río y sin dar crédito a lo que estaba viendo, me zambullí de cabeza (quizás debería haberlo hecho de culo, habría sido más apropiado) en el segundo best-seller del siglo, comparado hasta con Guerra y Paz:Los hombres que no amaban a las mujeres, de Stieg Larsson, un colega sueco que tuvo la desgracia de morirse antes de saber que se iba a forrar con éste y los dos siguientes libros que forman la trilogía Millenium.
A mí me encanta la novela negra, de suspense y policíaca. Y ésta se lee de un tirón, si alguien tuviera tiempo para hacerlo con sus más de 600 páginas, lo cual es de un mérito loable. Conseguir que en este país miles de personas se hayan metido entre pecho y espalda, no Operación Triunfo, sino semejante tocho es para sorprenderse.
Pero…¿dónde está el motivo para que millones de lectores en todo el mundo hayan decidido encumbrarla al monte Parnaso? ¿Qué tienen de novedoso un periodista honesto metido a detective, una hacker asocial y enigmática y un depredador sexual? A Larsson el estilo se le quedó en el teclado y a cambio nos regala tal cantidad de frases hechas y clichés que todo te parece haberlo leído ya antes. Sí, hay crítica social y crítica profesional, que Larsson no se corta respecto a sus colegas periodistas (y razón tiene). ¿Pero sólo eso justifica semejante ‘boom’ de ventas?
En el caso de la edición española, además, habría que da una colleja a la editorial o/y al traductor por creer que todo el mundo sabe inglés y olvidarse de traducir TODO el libro, que para eso se inventaron las notas a pie de página.
Los gustos son libres, soy la primera que ha disfrutado con malos libros por los motivos más peregrinos. Lo que me carcome es no entender por qué estos dos sí y otros mil no. ¿Por qué una novela de ciencia-ficción-suspense mucho mejor escrita e igual de apasionante como puede ser Zig-Zag, de José Carlos Somoza, no puede vender lo mismo que Larsson? ¿O el Shibumi, de Trevanian o cualquiera de Jack Higgins? Por poner ejemplos de novelas de género. ¿Por qué los Dan Brown y Zafón arrasan en el mundo único? ¿Tan efectivo es el boca-oreja? ¿O las campañas de marketing?
Un blog de la memoria, de la mía, antes de que el Alzheimer me la robe. Una manera de contarle a mis hijos quién soy, antes de que no esté para contárselo. Una forma de ser. Un modo de vivir.