En un lugar de la blogosfera, de cuyo nombre no quiero acordarme...


Yo, que no leo fantasía (al menos, la fantasía de magos, elfos, vampiros, etc.) desde La Historia Interminable, que me aburrió más que un documental de escarabajos peloteros de La 2, me he metido en camisa de trece varas, que las de once se me quedan cortas, y me he empeñado en escribir un relato fantástico para niños. Aspiro a que sea paródico, pero seguramente se quedará en patético.


Os cuento esto, a pesar de que estaréis pensando que a vosotros qué os importa, porque ya he advertido que el blog se me va resintiendo y, sobre todo, para anunciaros que vais a quedar inmortalizados, aunque aún no sé si para la posteridad o para el oprobio.


Estoy en el proceso de elaboración de personajes y dado que mi imaginación es más bien limitada, con el fin de reservar algo para el relato en sí, he decidido no agotarla en la elección de nombres superoriginales de la muerte y dotaros a vosotros, que ya los habéis pensado por mí, de corporeidad narrativa. (Iba a decir literaria, pero eso sonaría engreído).


De momento tengo claros los siguientes Dramatis Personae:


Nebroa: Curandera experta en sanar los dolores del cuerpo y del alma..


Buscador: Anacoreta e iridólogo.


Fiebre: Bruja gótica que prepara sus mejunjes a ritmo de música electrónica.


Tordon Lorz: Sesudo astrólogo y autor del Tratado sobre todas las Cosas que Existen.


Hécuba: Bibliotecaria. Ordena sus libros en dos únicas categorías: Inmutables o Alterables. Estos últimos pueden ser modificados a gusto de cada lector.


Sir Lordo: Anciano bicentenario cascarrabias y agorero.


Theo-Dore: Alcalde y prócer.


Silvo, Edmond y Sergio: Tres traviesos trasgos.



Ya estáis advertidos. Si alguien quiere desaparecer del relato llamado a recibir el próximo Premio Hans Christian Andersen, que lo diga ahora o que calle para siempre.






Rimando, que es gerundio


¡Qué alegría, qué alborozo!

No me cabe ni un sollozo

aunque esté en un calabozo

porque tengo aquí un buen mozo

con el que juego y retozo.


Mira que lo he dicho veces, en Internet hay de todo. Mi último descubrimiento son los diccionarios de rimas on line que te suministran a velocidad de adsl un surtido de palabras a la medida de tus versos. Lo único que tienes que hacer es elegir la modalidad de rima, si asonante o consonante, y el número de sílabas que ha de tener la palabra resultante.


Esto de las sílabas es fundamental, si recordáis la EGB (los que seáis de mi generación). Tienes que decidir si tu poema va a ser de arte mayor o menor, si nadarás entre versos sáficos o te batirás con las redondillas. Si dejarás caer algún alejandrino, así como al descuido, o te distanciarás de la plebe literaria con una serie de catalécticos (no confundir con los catalépticos, esas personas que se mueren, pero sólo un poco).


Las ventajas son evidentes y en una de estas webs, además, te permiten buscar coincidencias de hasta seis letras. ¡Acabemos con la tiranía de rimar amor con ardor y sillón con sifón! Por si esto fuera poco, dispones de una opción más: buscar esa similitud en las letras de inicio y no en las finales, gracias a la cual podrás marcarte unas aliteraciones y onomatopeyas dignas de Rubén Darío, muy aficionado a ellas:


“Claras horas de la mañana

en que mil clarines de oro

dicen la divina diana:

Salve al celeste sol sonoro.”


Estas prácticas webs no deben manejar la misma base de datos, porque mientras para rimas.es existen 2.113 opciones que parear con amor, para m&e diccionario de rimas, sólo son 2.085.


Pero para salir del paso y versificarle nuestra pasión al galán o la doncella de turno, son más que suficiente.


Desde que te fuiste, ¡oh, amor!

siento que me duele el abductor.

Debe ser por el pundonor

con que me clavaste el abridor

para largarte con un aviador

en un vuelo bimotor.


Siento informar que estas ayudas tan efectivas para los que aspiramos a ganar el Premio Nacional de Poesía no le servirán de nada a aquellos que, como Espe, prefieran el verso libre. Ellos se lo pierden.





Amores de papel III



Amor a primera vista fue lo que sentí por El Conde de Montecristo. Y quiero dejar muy claro que fue por él y no por Edmundo Dantés. A mí Edmundo, tan bueno y tan tonto, me aburría y desesperaba por igual, por lo que me alegré de que Alejandro Dumas, padre, se lo cargara en la primera parte y naciera el preso número 34.
 
Cuando lo imaginaba horadando con infinita rabia los muros del Castillo de If y encontrando en la venganza el único motor para escapar de allí empezó a hacérseme atractivo. Y cuando al fin reaparece convertido en ese demiurgo capaz de reordenar el mundo a golpe de odio y de dinero quedé prendada cual quinceañera pidiéndole un hijo a gritos a Sandokán. (Esta comparación, para quien no haya nacido en aquella época, se refiere al modo en que las fans españolas recibieron a Kabir Bedi, protagonista de la serie italiana que a finales de los 70 fue un éxito en nuestra única televisión).

El Conde de Montecristo era misterioso, inteligente, implacable (sólo con quien lo merecía), astuto y despiadado. Libre de los convencionalismos de su época y regido únicamente por sus propias leyes. Un hombre atractivo y atormentado, con el alma oscura. El arquetipo de héroe con los pies de barro, que son los mejores y de los que siempre me enamoro: Arsenio Lupin, un ladrón; Liam Devlin, un soldado del IRA; Nicholas Hel, un asesino a sueldo; Lobezno, una máquina de matar. 

Montecristo resultó tan denso que Dumas no se conformó con el cuento que escribió en un primer momento basado en la vida de François Picaud, un zapatero que vivía en París en 1807 y que fue condenado por espía tras la falsa denuncia de cuatro amigos celosos ante su inminente boda con una mujer rica. Heredero de la fortuna de un compañero de prisión, cuando es excarcelado regresa a París y se venga de cada uno de sus antiguos amigos. Finalmente, Dumas tuvo que escribir una novela, satisfactoriamente larga para todos, autor y lectores.

La fuerza de este personaje es tal que ha abandonado los límites de la literatura para entrar en los tratados de filosofía, primero con Antonio Gramsci, quien encontró en nuestro Conde (Cuadernos de la Cárcel) la raíz genealógica del superhombre nietzscheniano y en la literatura popular, en general, el embrión de este concepto: “Creo que se puede afirmar que la pretendida superhumanidad de Nietzsche tiene por origen y modelo doctrinal, no Zaratustra, sino al conde de Montecristo de Dumas."

Después con Umberto Eco, quien en su libro El superhombre de masas, recoge esta idea para ampliarla y estudiar esos grandes personajes que pueblan folletines, novelas populares y cómics, empezando por Montecristo y siguiendo por Rocambole, Lupin, James Bond, Tarzán y Supermán. Eco destaca el consuelo existencial que nos ofrecen estas historias, en las que, al parecer, buscamos una compensación por no ser nosotros mismos un superhombre.

Y luego dicen que leer novela (o cómic) popular no sirve para nada. Lo que nos ahorramos en terapia.

Más datos curiosos aquí.


Imagen: Ilustración del Conde de Montecristo de Pierre Gustave Staal.


Dentro del laberinto







“Te pido tan poco. Témeme, ámame, haz cuanto digo y seré tu esclavo.”

Jareth, Rey de los Goblins





Plumas envenenadas



¿Quién no recuerda aquella pelea de patio de vecinos a ritmo de endecasílabos en que se enzarzaron Góngora y Quevedo que estudiamos en la escuela? Ya quisieran esos ordinarios que hoy cobran millones por salir en la televisión insultarse con la mitad de arte y finura con que lo hicieron ellos.


Yo te untaré mis obras con tocino

Porque no me las muerdas, Gongorilla,

Perro de los ingenios de Castilla,

Docto en pullas, cual mozo de camino.


Le dedicaba sus versos Quevedo a Góngora, y éste contestábale:



Anacreonte español, no hay quien os tope,

que no diga con mucha cortesía,

que ya que vuestros pies son de elegía,

que vuestras suavidades son de arrope.



El último ataque literario lo han protagonizado dos escritores de best-sellers norteamericanos: el terrorífico Stephen King y la no-muerta Stephanie Meyer, cuando el primero afirmó, refiriéndose a la segunda que “no consigue escribir nada que valga la pena.” Hasta el momento, que yo sepa, la reina del romance vampírico no ha devuelto la pulla.


Pleitos los han tenido, entre otros, Valle Inclán y Echegaray, Juan Ramón Jiménez y Neruda, Gore Vidal y Truman Capote, John Le Carré y Salman Rushdie, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa (estos, cuentan, que por una mujer). Umbral con todos y Cela con todos y alguno que se dejó Umbral. Ante tanta mala leche me pregunto por qué duele tanto entre los seguidores de un autor la humilde crítica de un lector anónimo. Y no hablo de mí, sino de Internet en general, donde las opiniones negativas devienen en arrollador tsunami de insultos.


En cuestión de odios literarios, como veis, perro sí como perro, y cualquier lindeza de las que se dedican entre ellos es mucho más demoledora y ofensiva que las que uno se pueda topar por la red:


"No tengo ninguna paciencia con esa porquería de libros que me mandas; exceptuando las novelas de Scott, y tres o cuatro cosas más, nunca me había topado con obras de esa calaña. Campbell sermonea, Moore es errático, Sothey sólo dice bobadas, Wordsworth estupideces, Coleridge es confuso, Joanna Baille insignificante, y Bowles es quisquilloso, litigante y llorica.” (Lord Byron)


"Lo que sucede es que los trabajos de varios escritores vanidosos, como Camus, Lorca, Kazantzakis, D.H. Lawrence, Thomas Mann, Thomas Wolfe, y literalmente cientos de otras grandes mediocridades, me parecen efímeros y de segunda fila.” (Vladimir Nabokov)


"Cada vez que leo Orgullo y prejuicio me entran ganas de desenterrarla y golpearle en el cráneo con su propia tibia” (Mark Twain sobre Jane Austen).


“Me parece una mala escritora simple y llanamente, y llamarla escritora es darle cancha. Ni siquiera creo que Isabel Allende sea escritora, es una escribidora”. (Roberto Bolaño sobre Isabel Allende).


“Me enviaron esa mierda de De aquí a la eternidad. Y con lo mierda que es, me extraña que el hombre que la escribió tenga esa extraordinaria pinta de estreñido”. (Truman Capote sobre James Jones).

“Tenía una mente tan perfecta que ninguna idea podía profanarla”. (T.S. Eliot sobre Henry James).

“Goethe es el genio más grande que ha existido en un siglo y el imbécil más grande que ha existido en tres”. (Carlyle sobre Goethe).

“Inaguantable”. (Valle-Inclán sobre Góngora).

“Aprecio mucho a Freud como autor cómico”. (Nabokov sobre Freud).








“Hace treinta años que no lo leo. Es un pelmazo. Y me tiene sin cuidado que le hayan dado el Nobel o no”. (Sánchez Ferlosio sobre Cela).


“Su estilo es despreciable, pero eso no es lo peor de él”. (Coleridge contra Gibbon).


“Otro Juan Ramón Jiménez. Más de 400 versos seguidos, pequeño fragmento de ese largo poema escrito en La Florida. Es decir, ni asunto ni composición, según el propio Juan Ramón; todo seguido. Un fárrago fofo reblandecido por esa nota mema que tiene siempre el pensamiento del tal nenúfar”. (Jorge Guillén sobre Juan Ramón Jiménez).


“Italia no tiene escritores sino escribanos, como el imbécil del tal Petigrelli, el tonto furibundo de Marinetti y el tonto estético de D’Annunzio, con su cortejo de frases con miriñaques y crinolinas” (Vicente Huidobro).


“Leí tu artículo sobre Waugh. Este libro de mierda sonaba horroroso, parte de que el tipo era muy tonto. Sólo un hijo de puta de primera categoría podría haber escrito las partes divertidas de La espada del honor y la totalidad de Retorno a Brideshead. Cada vez que pienso más en él como un chaval que escribió un libro maravilloso (Decadencia y caída), pero a quien luego le dio un ataque de histeria y se unió a la Iglesia católica”. (Kingsley Amis sobre Evelyn Waugh).


"Tú sabes que yo no soporto a Shakespeare, pero es que tus obras son aún peores". (Leon Tolstoi a Antón Chejov).


"Lo más espantoso es que ese monstruo tiene partidarios en Francia; y para colmo de calamidades y de horror, fui yo quien antaño habló el primero de ese Shakespeare, fui yo el primero que mostró a los franceses algunas perlas que había encontrado en su enorme basurero. No esperé que se me utilizaría un día para pisotear las coronas de Racine y de Corneille, adornando la frente de un histrión bárbaro". (Voltaire sobre Shakespeare)


"En mi opinión es el genio de mente más vulgar que jamás haya dado la literatura". (George Eliot sobre Lord Byron)


"Esa hiena que escribía poesía en tumbas". (Horace Walpole sobre Dante Alighieri)


“Marías está bien, es como la mortadela, que es nutritiva y barata y yo se la pongo a mi hija en el bocata. Lo que me jode es que me quieran vender la mortadela como si fuera el jamón serrano. ” (Rafael Reig sobre Javier Marías)


"Novelista de muy patético destino: empeñado en ser el más cervantino de todos, el pobre hombre no se da cuenta de que cuanto sale de su pluma huele a zapatillas a cuadros y a casino de ciudad rancia". (Javier Marías sobre Andrés Trapiello)


"Ese ingeniero engreído a quien han comparado con Faulkner". (Trapiello sobre Juan Benet)


"Es un cretino y verdadero imbécil". (Rosa Chacel sobre Paco Umbral, tras llamarla lesbiana)


“Al garzón M2, mozo lírico o, mejor dicho, lírico-cómico-bailable sentimental, aprovechadillo y sagaz, le dio semejante ataque de cuernos con motivo de la publicación de una novela por un no censado, que tuvo que adobárselos con vaselina por ver de rebajarles la calentura; algunos tratadistas suponen que en estos casos están muy indicados los enemas con una infusión templada de yerbas medicinales que para los esfínteres contrariados, debe ser salvia y matalahúga, a partes iguales. El doncel tontuelo que se proclama caudillo de los famosos ciento cincuenta, no debe cejar en su actitud mientras siga manando leche y miel y otras espórtulas de la próvida y caritativa ubre del presupuesto”. (Cela sobre Muñoz Molina).


“Para hablar sobre Camilo José Cela, preferiría hacerlo con las palabras que le dedica Italo Calvino en su libro Correspondencia, donde lo define como 'una de las personas más vacuas e insoportables de la literatura internacional'. De Umbral pienso que no es un escritor, y menos un novelista, en todo caso es un provocador". (Juan Marsé).


“Francisco Umbral, guardián de todos los centenos sembrados por los grandes de la literatura -preferiblemente muertos, que se dejan plagiar sin decir ni pío”. (Arturo Pérez Reverte sobre Umbral)


"Walt Witman recitado por un camionero, el budismo al alcance de los lectores del Reader's Digest y una inacabable palabrería de borracho pseudofilosófico". (Juan Luis Panero sobre Jack Kerouak)


"Escribe una poesía fácil, bobalicona, al alcance de cualquier plumífero. Es la poesía especial para todas las tontas de América". (Vicente Huidobro sobre Pablo Neruda)


"No he leido Lolita y no pienso hacerlo, ya que la longitud del género novelesco no coincide ni con la oscuridad de mis ojos ni con la brevedad de la vida humana". (Borges sobre Navokov)


"Un cuentista que tenga un poco de aprecio por su obra no leerá jamás a Cela ni Umbral. Sí leerá a Cortázar y a Bioy Casares, pero en ningún modo a Cela y a Umbral. Lo repito una vez más por si no ha quedado claro: a Cela y a Umbral, ni en pintura". (Roberto Bolaño)


"Umbral escribe como mea". (Miguel Delibes sobre Umbral)


“Entiendo que alguien le guste cómo construye las frases Marías. Es cierto que tiene un modo peculiar de ir y volver y darle vueltas a lo mismo que ya Benet exploró hasta la extenuación pero que puede resultar seductor para quien tiene un determinado tipo de cerebro. Yo prefiero a los escritores que “centran la jugada”, aunque reconozco que todo eso es un asunto del gusto, como el paladar. Sin embargo, no comprendo como estas escenas pueden leerse sin más y cómo la gente puede darlas por buenas y complacerse en ellas. Para mí, cuando las leí por primera vez con la mejor de las voluntades --ya que en aquel entonces Marías y yo éramos íntimos amigos--fueron impasables. Aún hoy me sorprende que alguien pueda tragarlas y no decir como el Ángel del Apocalipsis: “Y porque no eres ni frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca”. (Blanca Andreu sobre Javier Marías)



Parte de las citas proceden del libro Escritores contra escritores, de Albert Angelo.


Eyes Wide Open






Fotos: Flickr y Devianart

Sueños húmedos





 





El desembarco de la parte de mi familia que vivía del otro lado del telón de acero (siguen viviendo allí, pero el telón se levantó hace años, como sabéis) suponía una revolución en mi vida que duraba los quince días de su estancia. Comer caviar con la prodigalidad de quien devora galletas María, beber té más negro que el corazón del diablo, trasnochar y pasar dos semanas haciendo turismo era lo más divertido, junto con el momento en que se abrían las maletas de los huéspedes y se repartían los regalos.


Pero también conllevaba una curiosa servidumbre: organizar una agenda de actividades que incluyera los ‘antojos’ de las visitas. Los adultos querían ir de compras y tomar sidra, la segunda generación prefería salir de noche, ir de discoteca… y ver una película X.

Yo imaginaba que una estudiante de Ingeniería Física Nuclear tendría otras prioridades, pero no bien soltó la maleta, mi prima Marina no dijo otra cosa: Porno, porno, ¡porno!

Y mi pobre hermana, la Mari, y yo, cicerones sin posibilidad alguna de escapatoria, tuvimos que buscar una para que callara. Ninguna de las dos entendía nada de tal género cinematográfico, pero rastreamos la cartelera en busca de Nadiuskas, María José Cantudos y Ágata Lyses.

Estábamos en plena moda del destape, pero no era eso lo que Marina quería. Ella insistía con tenacidad eslava: ¡Porno! ¡Porno! Y mi hermana y yo volvíamos al periódico, cual pareja de perros Pávlov condicionados por aquella orden, buscando cualquier cosa que nos librara de la curiosidad libidinosa de mi prima.

Oviedo no es Madrid y en 1979 aún se asemejaba menos. No había salas X ni nada que se le pareciera. Si te descuidabas, en verano no había ni cines. Pero entre los títulos que ofrecía la cartelera descubrimos uno. Sueños Húmedos (Wet Dreams, 1974). Y con un título así no podía ser más que… ¡¡¡porno!!!

Qué magnífica siesta de hora y media me eché. No sé si Marina disfrutó de la película a causa de mis ronquidos, pero yo sólo desperté con los negros augurios con que tambores, trompetas y címbalos recibían a la voluble fortuna. Es lo malo del cine de arte y ensayo, una espera ver retozar a ninfas y sátiros y se encuentra diez cortometrajes surrealistas con música de Carl Orff.
  
Oh Fortuna, variable como la Luna, un día, jugando, entristeces a los débiles sentidos, para llenarles de satisfacción al día siguiente...


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